viernes, 18 de agosto de 2023

Atípico

 

Seudónimo: Margarita.

Autora: Micaela Maza.

 

 

Es una típica noche de verano. El ventilador de Juan no logra abastecer a su diminuto departamento. Acostado sobre dos sillas y abanicándose con una vieja revista Semanario, Juan se imagina pidiéndole a Rita, su jefa, algo que jamás pensó iba a necesitar. —¡Nooooo! —grita Juan, mientras deja caer la revista sobre su cara. Un abrupto, pero típico corte de luz para esta época, lo saca de su plano mental. La oscuridad no lo inquieta, ni lo obliga a levantarse, entiende que cualquier mínimo movimiento elevaría su temperatura corporal y los 37 grados que azotan la Ciudad de Buenos Aires acabarían con la poca calma que aún conserva. Sin embargo, no imagina que algo no tan típico estaba a punto de sucederle. Una baja de tensión y la habitación queda iluminada con una extraña y tenue luz verde. Juan da un salto de las sillas abandonando su estado de reposo. —Okey, okey… Esto no creo que esté bien. —El trinar de una parvada de pájaros desvía su atención. El sonido se hace cada vez más estridente. La luz comienza a ser intermitente hasta apagarse por completo. En la oscuridad absoluta Juan tantea con manos y pies algo de qué agarrarse. Manotea un objeto de forma cilíndrica, abultado, húmedo, «vivo». — ¡Violeta! —se abraza a una maceta con todas sus fuerzas. A lo lejos suena un toque de campana. El silencio ahora es absoluto. Segundo toque de campana. El cielo se ilumina por completo, la noche se convierte en día. —La puta madreeeee… —Juan se arrastra por el piso y logra arrinconarse junto al resto de sus plantas. Tercer toque. —¡Y ahora quééééé!.. —Juan se aplasta contra la pared y esconde su cara tras las hojas de su Spathiphyllum. Un inquietante murmullo in crescendo desplaza aquel silencioso escenario hasta convertirse en un ruido ensordecedor. El inicio de lo que promete ser un fuerte viento, eleva lentamente las cortinas hasta arrancarlas de las ventanas y hacerlas desaparecer desde aquel balcón del octavo piso de la calle O´Higgins.

Juan yace en el piso. Su cuerpo desprende unos pequeños espirales lumínicos que ascienden lentamente y se pierden en el espacio.



Es un típico lunes en la mañana, el sol brilla en lo alto, el cielo está despejado, y el barullo de la ciudad marca el inicio de las actividades laborales. En el barrio, conversaciones coloquiales surgen a causa de dramas cotidianos. 

—Y sí… además me lo impone «tenés que darme un hijo» no me pregunta cuál es mi deseo. En realidad no me pregunta nada. Se habla y se contesta solo. ¿Me estás escuchando Elvira? ¡¿Qué me vas a estar escuchando vos?! —Perla resopla.

—¡Pero claro que sí! Sólo me estoy acomodando, pero te escucho, te escucho, seguí…

Elvira se gira más de frente al sol.

—Eso… no soy una máquina. A mí me tienen que atender. Mirá Elvira, vos sabés que no soy exigente, con poquito nomás me arreglo… pero necesito ser escuchada, no pido demasiado…

Perla busca con la mirada la complicidad de Elvira. Elvira asiente de manera complaciente.

—Y sí, lógico… coincido absolutamente, te apoyo en todo lo que decís.  Una les hace la vida fácil… y ellos se acostumbran, hasta que se olvidan de nuestras necesidades. —Elvira vuelve su mirada hacia sol.

Perla Continúa. —La otra vez lo escuche hablando de mí con sus amigos. Ellos no entienden bien la relación que tenemos, creen que es poco convencional… y la verdad un poco de razón tienen. Lo nuestro es como el «poliamor»

Elvira ríe.

—Es que sí… vos reíte. Yo sé igual que soy su preferida. A todos les habla de mis cualidades, que soy simple, que se escuchar, que no causo problemas, que me adapto…  ¿Eso está bien o no? —Sin pausar su soliloquio Perla continúa— ¿O no será esa la causa de su falta de atención estos últimos días? Quizás él cree que me tiene segura. Claro… yo tan independiente, tan del siglo veintiuno. —Perla mira al horizonte. Piensa.

—Vos no te enojes Perlita… pero te tengo que contar algo. Yo también lo escuche hablando con uno de sus amigos. Justo había salido al balcón, viste que a mí me gusta mucho mirar el ocaso, me pone melancólica y muchas veces pierdo la cordura, pero…

Perla interrumpe impaciente.

—Dale Elvira… No me tengas en ascuas ¿Qué fue lo que Juan dijo?

—Sí, sí… perdón Perlita. Ahí mismo fue donde lo dijo. Vos sabés que puede que haya escuchado mal…

—Elvira… ¡Habla!

—Que la Cinta le gustaba más.

Perla pierde la estabilidad.

—¿Cintia?

—Sí Perlita, Cinta.

—¡Pero ella tiene un millón de hijos! —Perla reflexiona— Claaaro, por eso me dice a mí que le de más hijos. ¡Quiere que sea como ella!

Elvira asiente complacientemente.

—Vos no te dejes Perlita, si no querés, le decís que no. No es no, como dicen estas chicas. Además de ésta Cinta dicen que es una mala madre. ¡Imaginate! —Elvira reflexiona y continúa— Igual pobre, con tantos críos, tampoco hay cuerpo que aguante… Aunque parece que son bastante independientes, nunca se los ve cerca de la madre… Ella está en pareja igual… al menos eso dicen… Con el Jorge. La que no la quiere para nada es su suegra…y viste…lengua de suegra no se equivoca. Vos no te preocupes Perlita…

Perla piensa.

—¿Sabés qué? Le voy hacer pegar el susto de su vida… a ver si con eso aprende a valorarme. ¡Qué se piensa! ¿Qué me puede reemplazar así nomás?... No, no… Todo tiene un límite… años soportando que trajera a las otras a este hogar, ¡Hasta amiga me hice de algunas!

—¡Ay Perlita! ¿Qué vas hacer? Vos sabés que soy tu amiga incondicional, pero soy mayor ya… ¡Quién sabe cuánto tiempo me quede de vida! … Y con todo esto del calentamiento global, la deforestación, el cambio climático, y toda esta cosa rara que pasó la otra vez… No tuvimos tiempo ni de hablarlo nosotras…pero yo te quería pedir disculpas, él estaba asustado, yo estaba…

—Sí, sí… Escuchame Elvira. —Perla interrumpe—. Vamos a simular mi muerte. — Perla sonríe.

—¿¡Qué!? ¡Ay, no, no… vos estás loca Perla! ¿Y si algo sale mal? ¿Y si se te va la mano y quedás seca? No, no…

—Tranquila Elvirita, amiga… compañera de aventuras… ¡Qué digo compañera… hermana! Vos te vas a encargar de que eso no me pase.

—¡¿Qué?! ¿Y si me sale mal y te mato? —Elvira entra pánico.

—¡Pero no! Es muy fácil… Además está en tú naturaleza «Lirio de la paz» Nada puede fallar, está escrito. Ésta misión es para restituir la paz entre Juan y yo — Perla Sonríe.

—O soy la que te va a llevar a la infinita paz… el mensaje es confuso Perla… ¿Al menos podés ver eso?

—Sí, sí… es un riesgo… Mirá, el plan es este…

La puerta del departamento se abre. Perla se asusta y cae de la ventana. Juan horrorizado se apura a socorrerla, su boca se mueve, grita, pero ningún sonido sale, típico de Juan. Baja corriendo los ocho pisos que lo separan de la planta baja. Se acerca, acaricia las hojas de su Epipremnum aureum, recoge la tierra y le prepara una nueva maceta, de esas grandes y de colores como le gustan a Perla. Perla mira a Elvira, le guiña un ojo y sonríe. Elvira agradece no tener que ser ella quien mate a su amiga.


viernes, 21 de julio de 2023

Ausente


Seudónimo: Hélène.

Autora: Micaela Maza.

 

 

—Veintidós globos con animalitos— pidió Celeste, mientras le acercaba un Peso Argentino a Don Camilo. Hacía poco más de dos meses que había cambiado la moneda en Argentina y ella aún no se acostumbraba a calcular la diferencia, por eso siempre compraba en los mismos almacenes, aquellos cuyos dueños no resoplaban al verla ir agregando y quitando dedos a sus cálculos mentales.  

Organizar fiestas de cumpleaños siempre le había gustado, — adornar la casa con guirnaldas de colores, conseguir el cotillón, planear la decoración de la torta— pero esta vez era aún más especial. Hacía menos de un año que se habían mudado a ese barrio, Ana estaba en una nueva escuela, tenía nuevos amigos y Celeste quería causar una buena impresión en sus madres.  

— ­­­¡Ana, quedate quieta querés! ¡Qué no te puedo hacer bien el moño, che!

 Ana está sentada sobre la mesa del comedor. Balancea sus piernas. Está ansiosa por recibir a los invitados. Suena el timbre y la niña estira su cuello intentando ver por sobre algunas cabezas adultas que ya circulan por la casa. — Ya está— le dice su madre, Celeste, mientras la toma por debajo de los brazos y la apoya sobre el suelo. — Andá a recibir a tus amigos— sacude su vestido con ambas manos y ella corre hacia la puerta de entrada.

La casa es un revoltijo de niños que corren y adultos que fuman y beben, hasta el mago decide dar una última pitada antes de convocar a todos a la sala. — ¿Entonces, dónde está la cumpleañera?— el mago simula no ver a Ana, quien con su gran bonete de cumpleaños se para junto a él. — ¡Ahí, ahí está!—  a coro los niños gritan y la señalan. — ¿Dónde?— el mago se coloca los dedos sobre los ojos fingiendo mirar con binoculares. Los niños estallan de risa. Celeste agarra su cámara fotográfica y aprieta el obturador, pero la foto no sale. — ¡Puta madre!— maldice por lo bajo, mientras se acomoda el cigarro en la comisura izquierda de su labio. Apoya la cámara sobre la mesa y sube a la habitación a buscar un rollo. En el pasillo de la planta alta, a la distancia, ve la silueta de un niño que camina de manera errática. — ¡Ey! vení que te vas a perder al mago— exclama Celeste, pero el niño no le responde y continúa caminando. Desde la planta baja se oye que la llaman:

— ¿Dónde está Celeste? Celeste, hay que cortar la torta…

Celeste mirando hacia las escaleras.

— ¡Ya bajo, subí a buscar el rollo de la cámara! ¡Ahora preparo todo!

Al volver la vista al pasillo, el niño ya no estaba. Recorre con la mirada el pasillo, las escaleras, las habitaciones. Nada.

   ¡Mamáaaaa, máaaaa! ¿Dónde está la piñata?

— ¡Espera Ana, ya voy!

Celeste está un poco confundida porque no ve al niño, pero con tantos chicos dando vueltas se convence de que quizás lo imaginó. Baja.

   ¡Llegaste!

Le dice Celeste a su marido, mientras lo abraza y lo besa en la mejilla.

   ¡Pobre mi hijo! ¡Trabaja demasiado!

Exclama Doña Elisa.

— Voy a colgar la piñata, así después Anita sopla las velas. Ernesto vos agarra los platitos, esos que deje sobre la mesada, también las servilletas, los tenedores. ¡Ah, y la Fanta de la heladera, tiene que haber cuatro o cinco!

— ¡Ay Celeste, pero si recién acaba de llegar! ¡Pobre hombre!

Comenta Doña Elisa y apura su paso para hacer todo lo que se le había encomendado a Ernesto. Celeste mira a Ernesto y resopla con gesto de desaprobación.

— ¡Pero dejá mamá! No estoy para nada cansado. Si querés, ayudame trayendo las servilletas.

Manos repletas de caramelos, juguetes de colores y cabezas llenas de papel picado.

— ¡Parece que fue un éxito!

Le comenta Ernesto a Celeste, mientras sacude la cabeza de uno de los niños que pasa por al lado suyo. A lo lejos se escucha el sonido de un xilofón. Ernesto se detiene en ese intento de melodía que suena cada vez más fuerte a medida que se acerca a las escaleras.

— Ernesto, no vist…

Ernesto da un sobresalto.

– ¿Qué pasó?

Le pregunta Celeste.

— Nada, nada… ¿Hay alguien arriba?

— No que yo sepa. ¿Por?

— Porque me parec…

Doña Elisa interrumpe la conversación. Las cinco velas se encienden, las luces se apagan y el «Feliz cumpleaños» suena al unísono.

Entran los primeros rayos de sol por la ventana de la cocina. Celeste bate una taza de café instantáneo. Contempla los resultados de una exitosa fiesta de cumpleaños— bebidas derramadas sobre la mesa, envoltorios de caramelos, colillas de cigarrillos— además del piso cubierto por una mezcla de papel picado, grana color verde y coco rallado. En la radio anuncian el pronóstico para el fin de semana. Suena el timbre. «Interrumpimos la programación habitual, para informar que en estos momentos se está produciendo una marcha en la inmediaciones de Plaza de Mayo, madr…» Ernesto apaga la radio.

— ¡Celeste! ¿No escuchaste el timbre

Celeste niega con la cabeza. Entre dormida y perdida en el desorden, toma un sorbo de café. Por lo bajo y a lo lejos suena un xilofón. «Ana ni bien se despertó, se puso a jugar con sus regalos» pensó Celeste. Apoya la taza sobre la mesa y sube a la habitación. El xilofón suena cada vez más fuerte, pero al llegar a la puerta del cuarto, el sonido se detiene. —¡Te agarré!— exclama Celeste abriendo la puerta. El cuarto está en silencio. Ana duerme. Un escalofríos recorre su cuerpo. Siente cómo se le va erizando la piel desde la nuca hasta entumecer sus pies. De pronto todos los sonidos del entorno desaparecen, el cuarto se oscurece. Un niño de unos cinco años está parado de espaldas frente a ella. Su cabello es castaño y suave. En una de sus manos lleva algo parecido a una manta, aunque más bien parece un trapo, está sucia y gastada por el uso y el tiempo. Se escucha que el niño tararea una canción. El ambiente es calmo, liviano, él mueve sus dedos al son de la melodía. Celeste lo toma del hombro y lo hace girar. Asustada quita la mano. El niño no tiene rostro. Suena nuevamente el xilofón, su melodía va disminuyendo hasta desaparecer.

   ¡Celeste! ¡¿Celeste, estás bien?!

Celeste está tirada sobre el piso, su espalda apoyada sobre la puerta del cuarto de Ana. Toca su cabeza y asiente mirando hacia Ernesto. Entiende que sólo fue una baja de presión.

«Interrumpimos la programación habitual, para informar que en estos momentos se está produciendo una marcha en la inmediaciones de Plaza de Mayo, madres y abuelas se movilizan para pedir por la aparición de sus hijos y nietos…»


miércoles, 21 de junio de 2023

Si nadie te ve

 

Seudónimo: M.M Pohl.

Autora: Micaela Maza.

 

Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros.

JEAN-PAUL SARTRE

 

Una mujer camina rumbo a la estación de subte, mira su reloj y apura el paso, teme no llegar a tiempo al encuentro de su amado. Mientras más se aproxima, más se aceleran los latidos de su corazón, corre; ansía llegar al andén antes del último llamado del guarda. Centra su mirada a la distancia, intenta no perder el objetivo. Cae durante los veintitrés escalones que la separan del vagón. «Sus pies se confundieron», comenta una señora junto a ella, mientras limpia los restos de sangre y mugre de su tapado beige.

Desde chica suelo inventar historias, creo mundos paralelos, dibujo cosas que no existen, imagino respuestas que no digo, y todo culmina con finales trágicos.

Hoy es lunes 10 de Julio, eterno invierno, hace frío, con el puño de mi sweater limpio la humedad de la ventana, me asomo, todo indicaría que esta vez el pronóstico no va a fallar «lluvias, fuertes vientos y posible caída de granizo». 21:27, necesito estar en mi casa, agarro mis cosas, hago un saludo en general con la mano y en silencio, salgo.

Un fuerte estruendo y se ilumina el cielo, la rama de un octogenario árbol se quiebra y cae, y en su estrepitosa caída corta un cable del tendido eléctrico, sin poder sortear aquellos latigazos me desplomo sobre el suelo mojado. Pero no, ni lo escribo ni sucede.

La idea de sacar el paraguas me parece estúpida, con tanto viento y a oscuras, llegar a casa mojada sería lo de menos. Estoy a unas pocas cuadras y las luces de los autos iluminan de tanto en tanto las calles, así que en vez de preocuparme por mis «pies confundidos», imagino mi próxima historia, el contexto es propicio, siempre quise escribir acerca eventos fantásticos en noches de tormentas. Busco las llaves dentro de la mochila, tanteo la cerradura y abro.

- ¡Ulises!... ¡Ulises!.. ¿Estás?

Tiro la mochila al suelo, enciendo la linterna del celular y comienzo a iluminar los rincones de la casa.

            -¡Ulises!..Vení chiquito…

«Un fuerte estruendo y se ilumina el cielo» llueve con más intensidad, abro la ventana.

             -¡Ulises!... ¡Vení que te mojás!

Después de un rato, cierro la ventana. Ulises está afuera con esta tormenta, lluvia, truenos, rayos, viento y quien sabe qué más, está afuera. Aplasto mi cara contra el vidrio e intento ver algo en la oscuridad, nada. La casa está en silencio, de pronto recuerdo el miedo que se siente en la incertidumbre; revuelvo unas cosas en el cajón del escritorio y encuentro el cargador portátil del celular, mi batería se está agotando y la idea de estar a oscuras me perturba un poco, «restos de sangre y mugre»; cuando me incorporo siento cómo algo se desliza por mi cara, me sobresalto y sacudo, me rio, recuerdo que estoy toda mojada, gotas de agua se deslizan por mi cara y pelo; alumbro hacia el pasillo y subo al cuarto a cambiarme. ¿Cuánto es prudente esperar antes de llorar?  

A Ulises lo trajimos del campo, desde aquel día, sale explora y vuelve, se va y vuelve el mismo día. No me voy a acostumbrar a que no esté. El viento sopla con más fuerza, los vidrios retumban y las alarmas de los autos comienzan a sonar «La rama de un octogenario árbol se quiebra y cae», bajo corriendo las escaleras.

- ¡Ulises!

A mitad del recorrido de la escalera, regresa la luz. «Cae durante los veintitrés escalones que la separan del vagón»

- ¡Ulises, vení, dale!

Mientras camino abro todas las ventana, si viene asustado, que entre corriendo. Un extraño olor a café lleva mi atención hacia la cocina. La luz está prendida, una niña de unos ocho años, de pelo oscuro, vestida con un tapado verde, está sentada junto a la mesa; está silencio, tiene la vista puesta en las flores lilas del mantel, con sus dedos las recorre, juega con sus manos. Asustada dejo caer mi teléfono al suelo. Lo recojo. Con la mirada recorro la cocina, está sola, nadie prepara café.

- ¿Vos quién sos?

Ella gira hacia mí. Veo sus grandes ojos marrones.

- Estoy esperando.

- ¿Viniste con Ramiro? ¿No llegaron a buscarte después de clase?

- Mi tía Alicia me pidió que esperara acá. Ya me voy. 

Me acerco, no siento miedo, es curiosidad. Le acaricio la cabeza, su cabello desprendía un extraordinario olor a fresas.

-Me dijo que no llorara, que a la gente no le gusta las nenas que lloran. A mi papá tampoco le gusta que llore, una vez me advirtió que si lo hacía de nuevo se iba a ir, lejos. Mi tía dice que si él quisiera se podría volver a casar, que me tengo que portar bien, porque mi nueva mamá podría ser mala. Yo sólo no tenía que llorar, tenía que hacer la tarea, tenía que comer toda la comida, tenía que ser buena, tenía que sonreír.

Su relato se interrumpe, Ulises entra por la ventana, me apresuro a su encuentro, lo abrazo, lo aprieto, le agradezco que haya vuelto. Vuelvo la mirada hacia a la niña:

- Vos no…

La niña es una joven de unos quince años aproximadamente, continúa:

- Hice todo lo que me dijeron, sólo que no puedo sonreír, no siempre. A veces él se enoja y se va, a veces no vuelve.

La joven cesa en su relato. La casa está en silencio. Nunca hay silencio en el silencio, pienso. Recuerdo que de chica me enojaba con mi papá porque no paraba de hablar antes de acostarse y yo no me podía concentrar en mí rezo, tenía que poner en oración, nombrar a cada miembro de mi familia, incluyendo tías y abuelos, o algo malo les sucedería, Dios me castigaría, seguro alguien más moriría.

El sonido de las llaves desvían mi atención. No sé si han pasado unas horas o toda una noche. Camino hacia la puerta de entrada. Ramiro entra con un montón de carpetas y una bolsa de la rotisería, me besa, deja sus zapatos en la entrada y calza sus pantuflas. Lo abrazo. Ambos entramos a la cocina, no me sorprende ver que está deshabitada.

«Sin poder sortear aquellos latigazos, me desplomo sobre el suelo mojado».


Saludos


Seudónimo: Fran.

Autora: Agustina Destéfano.

 

   Miro de refilón y estiro el brazo para cazar el mate que me ofrece mi hermano. En la virola de acero se refleja el primer asomo dorado del amanecer. Cruje el barro helado bajo la marcha lenta de la camioneta, mientras una S10 blanca se acerca de frente, así que levanto la mano y saludo al paisano desconocido, que a la vez me devuelve el gesto. Menester cuando se transitan estos caminos. El vapor me toca la cara y sonrio.

    Más adelante paro la camioneta. Cambiamos lugares y le cedo el volante, de a poco voy a aprender a manejar en el barro. 

     Llegamos al cartel de La Pofia y me bajo a abrir la tranquera. El rocío cubre el pasto, es una mañana de niebla. Noto que el encargado ya debe haber llegado, la entrada está sin llave. Me alegro, ya que cierra con un candado viejo, difícil de abrir. 

     Pienso en la tormenta del día anterior mientras nos acercamos al apiario. Nos ponemos los trajes sin apuro, en esta época las abejas ya casi no vuelan fuera del nido. Solo un techo de una colmena se voló, que encuentro unos metros más adelante, al lado de dos hongos grandes y pálidos. La sacamos barata, pienso mientras me agacho a levantar el cuadrado de chapa. Lo inspecciono, no está roto. Bajo la vista y me doy cuenta que hay más hongos, en fila, formando una suerte de ronda dentro de la que estoy parada. No me puedo acordar si la superstición es que hay que entrar en esos círculos o evitarlo. 

    La jornada me resulta amena. Primero acomodamos los eléctricos y cubrimos con tablitas las piqueras de las colmenas, preparándolas para la próxima ola de frío.                                Mientras, el día avanza, tarea a tarea.                                                                                                                                               

     Me saco los guantes y me pregunto si puse algo para merendar en la matera. Me acuerdo que no. No teníamos planeado estar en el campo toda la tarde. Después de cargar las herramientas me cercioro de no olvidar nada, y me siento un ratito en caja abierta de la camioneta. Nico se sienta junto a mí y el  vehículo se baja con el peso del cansancio. Estamos en ese momento de la tardecita en que miles de pájaros  empiezan a buscar abrigo volando en círculos sobre el monte. Con las manos en los bolsillos, vemos como rondan las copas de los eucaliptos. Noto que ya me puedo ver el aliento y señalo la tranquera con la cabeza, él asiente. Es hora de volver.

   -Habría que cambiarle los focos, me dice cuando prende las luces amarillas, suavecitas, de la Peugeot. -La verdad que sí, le respondo mientras encaramos el caminito que nos lleva a la tranquera. Le indico que ponga la luz alta y me responde que en efecto la luz alta es esa. Del tablero agarro la llave del candado y me bajo rápido a abrir la tranquera. Siempre reniego con ese candado viejo. Pongo una rodilla en la tierra para afirmarme y hago fuerza con la llave, la única manera de girar el engranaje reseco.

   -¡Veni! me grita, pero no alcanzo a pararme que siento cosas que me chocan el cuerpo, y escucho los aleteos desesperados de miles de pájaros negros que me golpean, como si estuvieran buscando refugio. Me abrazo al palo que ata la tranquera con una mano, y con la otra me tapo la cabeza. Son miles, no me puedo mover. Pero no alcanzo a terminar de putear que la bandada gigante se aleja, tan rápido como apareció. Me incorporo y busco la mirada de Nico, perpleja, pero él, desde el asiento del conductor, ni me mira. Lo veo pálido, serio, mientras levanta la mano del volante y asiente, saludando a alguien detrás de mí. Giro la cabeza y lo veo, del otro lado de la tranquera. 

    Lo primero que encuentro con la vista, desde mi posición, son las patas larguísimas del caballo negro, sobre las que encuentra eso. Cubierto el cuerpo con un poncho enorme, solo puedo ver en los estribos lo que parece la pezuña del jinete. No puedo dejar de levantar la vista mientras me lleno de sudor frio, hasta verlo entero. Encapuchado, la mano que sostiene las riendas es de dedos largos y uñas negras. Mi vista se encuentra con sus cuencas vacías, y siento su mirada, aunque no tenga ojos. Siento que tengo un grito en la garganta, pero no me sale. No sé por qué, pero sin romperle la mirada levanto una mano y se la muestro, mientras asiento acompañando el saludo. El jinete saca la otra mano de los pliegues del poncho y me devuelve el gesto. Helada en mi lugar, lo veo avanzar, despacio, por el camino. Chifla y de la cuneta salen dos seres, sucios de tierra, parecidos a perros galgos, que lo siguen rengueando. 

    Cuando pude moverme corrí a la camioneta. Cerré con fuerza la puerta, le puse la traba. En silencio esperamos, escuchando los cascos del caballo en el camino, que retumban en un silencio raro.

  -¿Querés que abra, antes que sea más tarde?, me pregunta en voz baja. Lo miro y le respondo que no, ya voy. El candado se abre fácil, la tranquera cruje cuando la empujo. Los sonidos del campo reaparecieron, noto mientras paso la cadena, y cierro. 

    Viajamos en silencio, pasamos dos, tres chacras, hasta que propongo tomar unos mates. Tengo el cuerpo helado, y necesito algo, lo que sea, un poquito reconfortante. Prendo la luz de la cabina, y pongo despacio la yerba en el mate de madera. Todavía me tiemblan las manos. De frente se acerca una F100, y los dos saludamos al paisano  de boina negra, que nos devuelve el saludo a la vez.

     En silencio cebo el primer mate, y la virola de acero brilla, dorada, con el último asomo del atardecer.



Ni olvido ni perdón


Seudónimo: Sargento Cabral.

Autor: Manuel Molfesa.

 

Los domingos son esos días que el ocio y la nada se hacen presente.

—¿Qué tenés para hacer hoy domingo? —Me preguntan.

Nada le contesto yo. Lisa y llanamente nada…

Con solo imaginar esa respuesta se me eriza la piel, me causa estupor.  Es que, ¿se imaginan ustedes la vida sin hacer absolutamente nada? ¿sin todas estas ficciones que hemos creado los seres humanos? Los proyectos, los trabajos, los ascensos, todas esas metáforas. Pero bueno, yo soy de esos que se auto engañan, prefiero eso…

En fin… ¡no se ni porqué les hablo! ¡que van a saber ustedes de la vida!

¡Bum! ¡Bum! El ruido de la puerta me hace girar rápidamente.  

—¡Horacio! — Me dice mi mamá. —Deja de hablarles a las plantas, ¡no ves que ni ellas te escuchan! —Y sacate la mano de la barbilla, que tampoco sos Aristóteles—.

Sólo la miro por unos segundos e ingreso a mi casa. Aunque me molesten los gritos, a veces agradezco que me saque del ensimismamiento. No debo quedarme quieto, sino el marasmo me gana, y termino siendo todo lo que no quiero ser, una planta, un vegetal.

Agarro el teléfono y llamo a mi novia, ella vive en Azul a 70km de mi ciudad.

—En una hora estoy allá—, le digo. —Prepara el mate que nos vamos a conocer Sierras Bayas el pueblo de mi amiga—. —Si, mi amiga Belén, la que te conté la otra vez.       —Ves que siempre te olvidas lo que te cuento. —Si estuviese de novio con una inteligencia artificial esto no pasaría. — afirmé enfurecido.  

Tomo el manojo de llaves, y me subo a mi auto. Le tengo aprecio, hace un año se lo compré a una familia de gitanos, usado, color verde, modelo 2008, ni tan viejo ni tan nuevo. Es lo único que puedo decir de él, mi afición por los autos solo se limita a eso, a lo estético, a lo que lo recubre. Por lo demás, se que tiene un motor que lo hace funcionar, pero a veces me falla, como todos, pero a este ya lo arreglé, este si no me falla más…

La ansiedad me gana y pongo el auto a todo lo que da, ciento cuarenta kilómetros por hora que lo hacen tambalear. El viento del oeste empuja con fuerza al lateral derecho de la carrocería, sujeto fuerte el volante y piso fuerte el acelerador. Hace tiempo que deje de tenerle miedo a la muerte, como dice Epicuro «mientras vivimos, no existe la muerte, y cuando la muerte existe, nosotros ya no somos». Este mantra me sirve para todo tipo de situación, menos arriba de un avión, allí arriba no hay Estoico que me salve.

La ruta se presenta solitaria, la llanura se extiende infinitamente por sobre los cuatro puntos cardenales. El sol, que tibiamente comienza a ponerse, me nubla la vista, hasta casi volverme ciego... 

Mi novia ya se me acomoda en el asiento del conductor, me besa la mejilla suavemente y me abraza. Cierro los ojos, ¡que dichoso soy de tenerte a mi lado! Lo pienso, no se lo digo… rápidamente emprendemos la marcha hacia Sierras Bayas, la autopista ahora es más frecuentada, zigzagueo varios autos solo por diversión. Enciendo el estéreo y coloco un disco de Vox Dei, «La Biblia» sin dudas mi disco favorito, de fondo suena «Genesis», saco la vista del camino y la miro a ella, no me puedo enojar con vos —pienso—. Está hermosa… como siempre, como hace tantos años, los rulos le caen sobre el hombro derecho, atino a acariciárselos, pero no llego. Nos miramos, pero no nos decimos nada.

Ya recorrimos unos cuarenta kilómetros, el crepúsculo ensombrece levemente toda la ruta, las sierras que al principio se veían en lontananza, ahora desaparecen por completo, de repente quedamos absolutamente solos en el medio de la oscuridad. El auto parece esforzarse más de lo común, ruidos extraños provienen del motor, y un leve humo asciende desde él. Reduzco la marcha y me detengo a la vera de la ruta, sobre la banquina. —Espérame acá— le digo. —Se debe haber recalentado el motor—. Ella solo asiente, como si confiera sobremanera en mí, para lo que sea.  Con cautela me acerco al capó del auto, y lo abro con un trapo sucio que llevo siempre conmigo. Sin duda una perdida de agua hizo calentar por de mas el motor, es necesario dejarlo enfriar unos minutos y verterle agua en el bidón para que recobre su temperatura natural. Es lo único que se sobre motores, fueron innumerables las veces que este tipo de falla me jugó una mala pasada. Busco en la parte del baúl, y me doy cuenta que no llevo nada de agua, me la debo haber olvidado.

El cielo se recubre de nubes, leves relámpagos confieren instantes de luminosidad a la escena, no sé qué hacer, ella me sigue esperando en el auto, todo se vuelve un tanto patético. Miro para las tranqueras esperando que un buen samaritano me de una ayuda, le hago señas con mis brazos en alto a un auto que pasa por la carretera, es en vano, solo me mira y se ríe a carcajadas. 

En frente, a varios metros de distancia, lo que parece ser una camioneta, me encandila con sus luces de neón, ni siquiera intento hacer señas, pero de repente observo que sus luces cambian de posición de bajas a altas, de altas a bajas. Me ilusiono rápidamente, entiendo que el mensaje va dirigido hacia mí, no hay dudas, es alguien que me quiere ayudar. Corro hacia el auto, abro la puerta, enciendo el motor y cruzo de par en par la ruta hacia la dirección donde se encuentra. Me bajo y a los gritos, como si turbinas de avión se desprendieran de la camioneta, le cuento lo sucedido al conductor.

—si quieren dejen el auto ahí— nos dice. —suban a mi camioneta y vamos a buscar agua a mi casa, allí a lo lejos—.

Asiento con la mirada, le hago señas a ella y subimos.

La camioneta, verde por fuera, tiene en su interior unos tapizados color gris desvencijados por el tiempo, en el lugar del estéreo solo hay un agujero con cables sueltos, como si su dueño lo hubiese arrancado de un tirón. Miro hacia un costado, y por primera vez le observo el rostro al conductor, robusto y tieso, como de aquellos hombres que no dudan de lo que hacen, en el cuello parecía tener una cicatriz de herida de bala. Su aspecto se acerca más al de un militar que al de un campesino. No digo nada, solo observo el camino. A unos metros veo un bosque frondoso, y detrás, una luz tenue que pareciera ser la de la casa del hombre, solitaria, como si fuese la única casa en cientos de kilómetros. Empiezo a dudar sobre la conveniencia de haberme subido a esta camioneta, agarro fuerte la mano de mi novia, que me mira que un rostro alarmado.

—acá esta mi casa, llegamos, bájense—

—no, esperamos acá adentro, trae el bidón y volvemos— le digo con voz temblorosa

—no es un pedido, es una orden—me dice, mientras debajo de su asiento agarra una escopeta de dos cañones y la carga en modo amenazante.

No tenía opción, estábamos a aproximadamente a quinientos metros del auto que habíamos dejado atrás. Por más que gritemos, nadie nos escucharía. Bajo solo, y le digo a ella que me espere dentro de la camioneta. Me dirijo sigilosamente hacia la casa del hombre, siguiéndolo, de repente me detengo… muy a lo lejos diviso un fuerte destello de luz, segundos después… un ruido estruendoso. Son las explosiones de la dinamita en las canteras, a cientos de metros de acá.

—Seguí caminando, carajo—. —Nunca escuchaste una bomba en tu vida— Me dice en tono militar.

Sigo, mi cuerpo se estremece, mi ritmo cardiaco aumenta abruptamente. Llegamos a la casa, es muy sencilla, de construcción de ladrillo, pequeña, calculo que debe tener dos o tres habitación, no más, se ve muy abandonada, sin puertas ni ventanas, a lo alto de la pared una marca redonda lo distingue, como si en algún momento hubiese existido una especie de reloj o brújula que completaba la fachada de la casa. Las paredes laterales, muy endebles, están sostenidas por palos gruesos, que hacen de apoyo para evitar su caída final. El lugar se me hace conocido, siento como un Déjà vu muy fuerte, no uno común, sino uno que parece eterno.

El hombre me hace señas sin decirme nada, lo sigo sin objeciones, como si en este momento una fuerza sobrehumana se hubiese apoderado de él y no hubiese forma de contradecirlo. Me lleva hacia atrás de la casa, un pozo enorme se encuentra allí, no entiendo que es lo que me quiere mostrar, pero siento que mi fin se acerca, ¡al fin me voy a reencontrar con ustedes! Escucho dos, o tres explosiones que vienen detrás mí, esta vez de mucho más cerca, esta vez son de su escopeta. Abro los brazos y me dejo caer de par en par, golpeo seco con el fondo de la fosa. Cientos de imágenes e ideas pasan por mi mente, “Olavarría” “Monte Pelloni”, “Junta Militar”, ¡ya entiendo en donde estoy! Miro hacia un costado, y allí estaban… los esqueletos de mi novia, y de mi mama, dos agujeros marcan sus cráneos, por esa señal las reconozco y las diferencio del resto, sus cuencos me miran fijamente, como queriéndome decir algo, les digo cuanto las extraño y me quedo unos minutos reposando en silencio, sus compañías me reconfortan, me permiten seguir adelante, al menos por unos días. Luego me levanto, realizo un breve escalamiento hasta llegar a la superficie, camino hasta el auto y lo enciendo… quizás el próximo domingo las visite de nuevo.


sábado, 27 de mayo de 2023

Tras la cortina un misterio

Guest House, óleo de Aron Wiesenfeld

Seudónimo: S.O.S.

Autora: Raquel Strucelj.


Nos hallabamos paseando en Francia y llegamos a un lugar llamado Dordoña  conocido como el lugar de los 1001 castillos . Fruto esto de la guerra de los 100 años entre Francia e Inglaterra .

No muchos de ellos se abren al turismo , debo decir que mi llegada a ese lugar o fue casual , Sino en busca de uno en especial  el Chateau Dominic . Interés que se remonta a mi época de estudiante  en el profesorado de historia .

Debo decir que con los años mi interés se convirtió en una obsesión por aquella “ hermosa y misteriosa mujer ” plasmada en el óleo de Weinsfeld .

Yo sabía que la encontraría  …


Retrato

Guest House, óleo de Aron Wisenfeld

Seudónimo: Pedro F.

Autora: Agustina Destéfano.

 

-No sé amigo, cosas de gente con guita. La cuestión es que vió el cuadro que hiciste en el fondo de mi foto, y me escribió eso. Yo que vos… Si. Decile que voy, lo interrumpió. La cosa no estaba como para dejar pasar la oportunidad. ¿Quién te ofrece la casa de huéspedes para que te quedes a pintarle un retrato? Y encima, ¡por esa paga! pensó.

Y allí estaba, dos semanas después, temblando frente al lienzo, mientras intentaba retratar el rostro velado, cambiante, por momentos monstruoso, de la mujer. La tarea era imposible, y sabía lo que implicaba.