miércoles, 21 de junio de 2023

Saludos


Seudónimo: Fran.

Autora: Agustina Destéfano.

 

   Miro de refilón y estiro el brazo para cazar el mate que me ofrece mi hermano. En la virola de acero se refleja el primer asomo dorado del amanecer. Cruje el barro helado bajo la marcha lenta de la camioneta, mientras una S10 blanca se acerca de frente, así que levanto la mano y saludo al paisano desconocido, que a la vez me devuelve el gesto. Menester cuando se transitan estos caminos. El vapor me toca la cara y sonrio.

    Más adelante paro la camioneta. Cambiamos lugares y le cedo el volante, de a poco voy a aprender a manejar en el barro. 

     Llegamos al cartel de La Pofia y me bajo a abrir la tranquera. El rocío cubre el pasto, es una mañana de niebla. Noto que el encargado ya debe haber llegado, la entrada está sin llave. Me alegro, ya que cierra con un candado viejo, difícil de abrir. 

     Pienso en la tormenta del día anterior mientras nos acercamos al apiario. Nos ponemos los trajes sin apuro, en esta época las abejas ya casi no vuelan fuera del nido. Solo un techo de una colmena se voló, que encuentro unos metros más adelante, al lado de dos hongos grandes y pálidos. La sacamos barata, pienso mientras me agacho a levantar el cuadrado de chapa. Lo inspecciono, no está roto. Bajo la vista y me doy cuenta que hay más hongos, en fila, formando una suerte de ronda dentro de la que estoy parada. No me puedo acordar si la superstición es que hay que entrar en esos círculos o evitarlo. 

    La jornada me resulta amena. Primero acomodamos los eléctricos y cubrimos con tablitas las piqueras de las colmenas, preparándolas para la próxima ola de frío.                                Mientras, el día avanza, tarea a tarea.                                                                                                                                               

     Me saco los guantes y me pregunto si puse algo para merendar en la matera. Me acuerdo que no. No teníamos planeado estar en el campo toda la tarde. Después de cargar las herramientas me cercioro de no olvidar nada, y me siento un ratito en caja abierta de la camioneta. Nico se sienta junto a mí y el  vehículo se baja con el peso del cansancio. Estamos en ese momento de la tardecita en que miles de pájaros  empiezan a buscar abrigo volando en círculos sobre el monte. Con las manos en los bolsillos, vemos como rondan las copas de los eucaliptos. Noto que ya me puedo ver el aliento y señalo la tranquera con la cabeza, él asiente. Es hora de volver.

   -Habría que cambiarle los focos, me dice cuando prende las luces amarillas, suavecitas, de la Peugeot. -La verdad que sí, le respondo mientras encaramos el caminito que nos lleva a la tranquera. Le indico que ponga la luz alta y me responde que en efecto la luz alta es esa. Del tablero agarro la llave del candado y me bajo rápido a abrir la tranquera. Siempre reniego con ese candado viejo. Pongo una rodilla en la tierra para afirmarme y hago fuerza con la llave, la única manera de girar el engranaje reseco.

   -¡Veni! me grita, pero no alcanzo a pararme que siento cosas que me chocan el cuerpo, y escucho los aleteos desesperados de miles de pájaros negros que me golpean, como si estuvieran buscando refugio. Me abrazo al palo que ata la tranquera con una mano, y con la otra me tapo la cabeza. Son miles, no me puedo mover. Pero no alcanzo a terminar de putear que la bandada gigante se aleja, tan rápido como apareció. Me incorporo y busco la mirada de Nico, perpleja, pero él, desde el asiento del conductor, ni me mira. Lo veo pálido, serio, mientras levanta la mano del volante y asiente, saludando a alguien detrás de mí. Giro la cabeza y lo veo, del otro lado de la tranquera. 

    Lo primero que encuentro con la vista, desde mi posición, son las patas larguísimas del caballo negro, sobre las que encuentra eso. Cubierto el cuerpo con un poncho enorme, solo puedo ver en los estribos lo que parece la pezuña del jinete. No puedo dejar de levantar la vista mientras me lleno de sudor frio, hasta verlo entero. Encapuchado, la mano que sostiene las riendas es de dedos largos y uñas negras. Mi vista se encuentra con sus cuencas vacías, y siento su mirada, aunque no tenga ojos. Siento que tengo un grito en la garganta, pero no me sale. No sé por qué, pero sin romperle la mirada levanto una mano y se la muestro, mientras asiento acompañando el saludo. El jinete saca la otra mano de los pliegues del poncho y me devuelve el gesto. Helada en mi lugar, lo veo avanzar, despacio, por el camino. Chifla y de la cuneta salen dos seres, sucios de tierra, parecidos a perros galgos, que lo siguen rengueando. 

    Cuando pude moverme corrí a la camioneta. Cerré con fuerza la puerta, le puse la traba. En silencio esperamos, escuchando los cascos del caballo en el camino, que retumban en un silencio raro.

  -¿Querés que abra, antes que sea más tarde?, me pregunta en voz baja. Lo miro y le respondo que no, ya voy. El candado se abre fácil, la tranquera cruje cuando la empujo. Los sonidos del campo reaparecieron, noto mientras paso la cadena, y cierro. 

    Viajamos en silencio, pasamos dos, tres chacras, hasta que propongo tomar unos mates. Tengo el cuerpo helado, y necesito algo, lo que sea, un poquito reconfortante. Prendo la luz de la cabina, y pongo despacio la yerba en el mate de madera. Todavía me tiemblan las manos. De frente se acerca una F100, y los dos saludamos al paisano  de boina negra, que nos devuelve el saludo a la vez.

     En silencio cebo el primer mate, y la virola de acero brilla, dorada, con el último asomo del atardecer.



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