Seudónimo: Fran.
Autora: Agustina Destéfano.
Miro de refilón y estiro el brazo para cazar
el mate que me ofrece mi hermano. En la virola de acero se refleja el primer
asomo dorado del amanecer. Cruje el barro helado bajo la marcha lenta de la
camioneta, mientras una S10 blanca se acerca de frente, así que levanto la mano
y saludo al paisano desconocido, que a la vez me devuelve el gesto. Menester
cuando se transitan estos caminos. El vapor me toca la cara y sonrio.
Más adelante paro la camioneta. Cambiamos
lugares y le cedo el volante, de a poco voy a aprender a manejar en el
barro.
Llegamos al cartel de La Pofia y me bajo a abrir la tranquera. El rocío cubre
el pasto, es una mañana de niebla. Noto que el encargado ya debe haber llegado,
la entrada está sin llave. Me alegro, ya que cierra con un candado viejo,
difícil de abrir.
Pienso en la tormenta del día anterior
mientras nos acercamos al apiario. Nos ponemos los trajes sin apuro, en esta
época las abejas ya casi no vuelan fuera del nido. Solo un techo de una colmena
se voló, que encuentro unos metros más adelante, al lado de dos hongos grandes
y pálidos. La sacamos barata, pienso mientras me agacho a levantar el cuadrado
de chapa. Lo inspecciono, no está roto. Bajo la vista y me doy cuenta que hay
más hongos, en fila, formando una suerte de ronda dentro de la que estoy
parada. No me puedo acordar si la superstición es que hay que entrar en esos
círculos o evitarlo.
La
jornada me resulta amena. Primero acomodamos los eléctricos y cubrimos con
tablitas las piqueras de las colmenas, preparándolas para la próxima ola de
frío. Mientras,
el día avanza, tarea a tarea.
Me saco los guantes y me pregunto si puse
algo para merendar en la matera. Me acuerdo que no. No teníamos planeado estar en
el campo toda la tarde. Después de cargar las herramientas me cercioro de no
olvidar nada, y me siento un ratito en caja abierta de la camioneta. Nico se
sienta junto a mí y el vehículo se baja
con el peso del cansancio. Estamos en ese momento de la tardecita en que miles
de pájaros empiezan a buscar abrigo volando en círculos sobre el monte. Con
las manos en los bolsillos, vemos como rondan las copas de los eucaliptos. Noto
que ya me puedo ver el aliento y señalo la tranquera con la cabeza, él
asiente. Es hora de volver.
-Habría
que cambiarle los focos, me dice cuando prende las luces amarillas, suavecitas,
de la Peugeot. -La verdad que sí, le respondo mientras encaramos el caminito
que nos lleva a la tranquera. Le indico que ponga la luz alta y me responde que
en efecto la luz alta es esa. Del tablero agarro la llave del candado y me bajo
rápido a abrir la tranquera. Siempre reniego con ese candado viejo. Pongo una
rodilla en la tierra para afirmarme y hago fuerza con la llave, la única manera
de girar el engranaje reseco.
-¡Veni! me grita, pero no alcanzo a pararme
que siento cosas que me chocan el cuerpo, y escucho los aleteos desesperados de
miles de pájaros negros que me golpean, como si estuvieran buscando refugio. Me
abrazo al palo que ata la tranquera con una mano, y con la otra me tapo la
cabeza. Son miles, no me puedo mover. Pero no alcanzo a terminar de putear que
la bandada gigante se aleja, tan rápido como apareció. Me incorporo y busco la
mirada de Nico, perpleja, pero él, desde el asiento del conductor, ni me mira. Lo
veo pálido, serio, mientras levanta la mano del volante y asiente, saludando a
alguien detrás de mí. Giro la cabeza y lo veo, del otro lado de la
tranquera.
Lo primero que encuentro con la vista,
desde mi posición, son las patas larguísimas del caballo negro, sobre las que
encuentra eso. Cubierto el cuerpo con un poncho enorme, solo puedo ver en los
estribos lo que parece la pezuña del jinete. No puedo dejar de levantar la
vista mientras me lleno de sudor frio, hasta verlo entero. Encapuchado, la mano
que sostiene las riendas es de dedos largos y uñas negras. Mi vista se
encuentra con sus cuencas vacías, y siento su mirada, aunque no tenga ojos. Siento
que tengo un grito en la garganta, pero no me sale. No sé por qué, pero sin
romperle la mirada levanto una mano y se la muestro, mientras asiento
acompañando el saludo. El jinete saca la otra mano de los pliegues del poncho y
me devuelve el gesto. Helada en mi lugar, lo veo avanzar, despacio, por el
camino. Chifla y de la cuneta salen dos seres, sucios de tierra, parecidos a
perros galgos, que lo siguen rengueando.
Cuando pude moverme corrí a la camioneta. Cerré
con fuerza la puerta, le puse la traba. En silencio esperamos, escuchando los
cascos del caballo en el camino, que retumban en un silencio raro.
-¿Querés que abra, antes que sea más tarde?,
me pregunta en voz baja. Lo miro y le respondo que no, ya voy. El candado se
abre fácil, la tranquera cruje cuando la empujo. Los sonidos del campo
reaparecieron, noto mientras paso la cadena, y cierro.
Viajamos en silencio, pasamos dos, tres
chacras, hasta que propongo tomar unos mates. Tengo el cuerpo helado, y
necesito algo, lo que sea, un poquito reconfortante. Prendo la luz de la
cabina, y pongo despacio la yerba en el mate de madera. Todavía me tiemblan las
manos. De frente se acerca una F100, y los dos saludamos al paisano de boina negra, que nos devuelve el saludo a
la vez.
En
silencio cebo el primer mate, y la virola de acero brilla, dorada, con el
último asomo del atardecer.

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