Seudónimo: M.M Pohl.
Autora: Micaela Maza.
Somos lo que hacemos
con lo que hicieron de nosotros.
JEAN-PAUL SARTRE
Una
mujer camina rumbo a la estación de subte, mira su reloj y apura el paso, teme
no llegar a tiempo al encuentro de su amado. Mientras más se aproxima, más se
aceleran los latidos de su corazón, corre; ansía llegar al andén antes del
último llamado del guarda. Centra su mirada a la distancia, intenta no perder
el objetivo. Cae durante los veintitrés escalones que la separan del vagón.
«Sus pies se confundieron», comenta una señora junto a ella, mientras limpia
los restos de sangre y mugre de su tapado beige.
Desde chica suelo inventar historias, creo
mundos paralelos, dibujo cosas que no existen, imagino respuestas que no digo,
y todo culmina con finales trágicos.
Hoy es lunes 10 de Julio, eterno invierno, hace
frío, con el puño de mi sweater limpio la humedad de la ventana, me asomo, todo
indicaría que esta vez el pronóstico no va a fallar «lluvias, fuertes vientos y
posible caída de granizo». 21:27, necesito estar en mi casa, agarro mis cosas, hago
un saludo en general con la mano y en silencio, salgo.
Un
fuerte estruendo y se ilumina el cielo, la rama de un octogenario árbol se
quiebra y cae, y en su estrepitosa caída corta un cable del tendido eléctrico,
sin poder sortear aquellos latigazos me desplomo sobre el suelo mojado. Pero
no, ni lo escribo ni sucede.
La idea de sacar el paraguas me parece
estúpida, con tanto viento y a oscuras, llegar a casa mojada sería lo de menos.
Estoy a unas pocas cuadras y las luces de los autos iluminan de tanto en tanto
las calles, así que en vez de preocuparme por mis «pies confundidos», imagino
mi próxima historia, el contexto es propicio, siempre quise escribir acerca
eventos fantásticos en noches de tormentas. Busco las llaves dentro de la
mochila, tanteo la cerradura y abro.
- ¡Ulises!... ¡Ulises!.. ¿Estás?
Tiro la mochila al suelo, enciendo la linterna
del celular y comienzo a iluminar los rincones de la casa.
-¡Ulises!..Vení chiquito…
«Un fuerte estruendo y se ilumina el cielo» llueve
con más intensidad, abro la ventana.
-¡Ulises!... ¡Vení que te mojás!
Después de un rato, cierro la ventana. Ulises
está afuera con esta tormenta, lluvia, truenos, rayos, viento y quien sabe qué
más, está afuera. Aplasto mi cara contra el vidrio e intento ver algo en la
oscuridad, nada. La casa está en silencio, de pronto recuerdo el miedo que se
siente en la incertidumbre; revuelvo unas cosas en el cajón del escritorio y
encuentro el cargador portátil del celular, mi batería se está agotando y la
idea de estar a oscuras me perturba un poco, «restos de sangre y mugre»; cuando
me incorporo siento cómo algo se desliza por mi cara, me sobresalto y sacudo,
me rio, recuerdo que estoy toda mojada, gotas de agua se deslizan por mi cara y
pelo; alumbro hacia el pasillo y subo al cuarto a cambiarme. ¿Cuánto es prudente
esperar antes de llorar?
A Ulises lo trajimos del campo, desde aquel
día, sale explora y vuelve, se va y vuelve el mismo día. No me voy a
acostumbrar a que no esté. El viento sopla con más fuerza, los vidrios retumban
y las alarmas de los autos comienzan a sonar «La rama de un octogenario árbol
se quiebra y cae», bajo corriendo las escaleras.
- ¡Ulises!
A
mitad del recorrido de la escalera, regresa la luz. «Cae durante los veintitrés
escalones que la separan del vagón»
- ¡Ulises, vení, dale!
Mientras camino abro todas las ventana, si
viene asustado, que entre corriendo. Un extraño olor a café lleva mi atención
hacia la cocina. La luz está prendida, una niña de unos ocho años, de pelo
oscuro, vestida con un tapado verde, está sentada junto a la mesa; está silencio,
tiene la vista puesta en las flores lilas del mantel, con sus dedos las
recorre, juega con sus manos. Asustada dejo caer mi teléfono al suelo. Lo recojo.
Con la mirada recorro la cocina, está sola, nadie prepara café.
- ¿Vos quién sos?
Ella
gira hacia mí. Veo sus grandes ojos marrones.
- Estoy esperando.
- ¿Viniste con Ramiro? ¿No llegaron a buscarte
después de clase?
- Mi tía Alicia me pidió que esperara acá. Ya
me voy.
Me
acerco, no siento miedo, es curiosidad. Le acaricio la cabeza, su cabello
desprendía un extraordinario olor a fresas.
-Me dijo que no llorara, que a la gente no le
gusta las nenas que lloran. A mi papá tampoco le gusta que llore, una vez me advirtió
que si lo hacía de nuevo se iba a ir, lejos. Mi tía dice que si él quisiera se
podría volver a casar, que me tengo que portar bien, porque mi nueva mamá
podría ser mala. Yo sólo no tenía que llorar, tenía que hacer la tarea, tenía
que comer toda la comida, tenía que ser buena, tenía que sonreír.
Su
relato se interrumpe, Ulises entra por la ventana, me apresuro a su encuentro,
lo abrazo, lo aprieto, le agradezco que haya vuelto. Vuelvo la mirada hacia a
la niña:
- Vos no…
La
niña es una joven de unos quince años aproximadamente, continúa:
- Hice todo lo que me dijeron, sólo que no
puedo sonreír, no siempre. A veces él se enoja y se va, a veces no vuelve.
La joven cesa en su relato. La casa está en
silencio. Nunca hay silencio en el silencio, pienso. Recuerdo que de chica me
enojaba con mi papá porque no paraba de hablar antes de acostarse y yo no me
podía concentrar en mí rezo, tenía que poner en oración, nombrar a cada miembro
de mi familia, incluyendo tías y abuelos, o algo malo les sucedería, Dios me
castigaría, seguro alguien más moriría.
El sonido de las llaves desvían mi atención. No
sé si han pasado unas horas o toda una noche. Camino hacia la puerta de
entrada. Ramiro entra con un montón de carpetas y una bolsa de la rotisería, me
besa, deja sus zapatos en la entrada y calza sus pantuflas. Lo abrazo. Ambos
entramos a la cocina, no me sorprende ver que está deshabitada.
«Sin
poder sortear aquellos latigazos, me desplomo sobre el suelo mojado».

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