Seudónimo: Sargento Cabral.
Autor: Manuel Molfesa.
Los domingos son esos días que el ocio y la
nada se hacen presente.
—¿Qué tenés para hacer hoy domingo? —Me
preguntan.
Nada le contesto yo. Lisa y llanamente nada…
Con solo imaginar esa respuesta se me eriza la
piel, me causa estupor. Es que, ¿se
imaginan ustedes la vida sin hacer absolutamente nada? ¿sin todas estas
ficciones que hemos creado los seres humanos? Los proyectos, los trabajos, los
ascensos, todas esas metáforas. Pero bueno, yo soy de esos que se auto engañan,
prefiero eso…
En fin… ¡no se ni porqué les hablo! ¡que van a
saber ustedes de la vida!
¡Bum! ¡Bum! El ruido de la puerta me hace girar
rápidamente.
—¡Horacio! — Me dice mi mamá. —Deja de hablarles
a las plantas, ¡no ves que ni ellas te escuchan! —Y sacate la mano de la
barbilla, que tampoco sos Aristóteles—.
Sólo la miro por unos segundos e ingreso a mi
casa. Aunque me molesten los gritos, a veces agradezco que me saque del
ensimismamiento. No debo quedarme quieto, sino el marasmo me gana, y termino
siendo todo lo que no quiero ser, una planta, un vegetal.
Agarro el teléfono y llamo a mi novia, ella
vive en Azul a 70km de mi ciudad.
—En una hora estoy allá—, le digo. —Prepara el
mate que nos vamos a conocer Sierras Bayas el pueblo de mi amiga—. —Si, mi
amiga Belén, la que te conté la otra vez. —Ves
que siempre te olvidas lo que te cuento. —Si estuviese de novio con una inteligencia
artificial esto no pasaría. — afirmé enfurecido.
Tomo el manojo de llaves, y me subo a mi auto.
Le tengo aprecio, hace un año se lo compré a una familia de gitanos, usado,
color verde, modelo 2008, ni tan viejo ni tan nuevo. Es lo único que puedo
decir de él, mi afición por los autos solo se limita a eso, a lo estético, a lo
que lo recubre. Por lo demás, se que tiene un motor que lo hace funcionar, pero
a veces me falla, como todos, pero a este ya lo arreglé, este si no me falla más…
La ansiedad me gana y pongo el auto a todo lo
que da, ciento cuarenta kilómetros por hora que lo hacen tambalear. El viento
del oeste empuja con fuerza al lateral derecho de la carrocería, sujeto fuerte
el volante y piso fuerte el acelerador. Hace tiempo que deje de tenerle miedo a
la muerte, como dice Epicuro «mientras vivimos, no existe la muerte, y cuando
la muerte existe, nosotros ya no somos». Este mantra me sirve para todo tipo de
situación, menos arriba de un avión, allí arriba no hay Estoico que me salve.
La ruta se presenta solitaria, la llanura se
extiende infinitamente por sobre los cuatro puntos cardenales. El sol, que
tibiamente comienza a ponerse, me nubla la vista, hasta casi volverme ciego...
Mi novia ya se me acomoda en el asiento del
conductor, me besa la mejilla suavemente y me abraza. Cierro los ojos, ¡que
dichoso soy de tenerte a mi lado! Lo pienso, no se lo digo… rápidamente
emprendemos la marcha hacia Sierras Bayas, la autopista ahora es más
frecuentada, zigzagueo varios autos solo por diversión. Enciendo el estéreo y
coloco un disco de Vox Dei, «La Biblia» sin dudas mi disco favorito, de fondo
suena «Genesis», saco la vista del camino y la miro a ella, no me puedo enojar
con vos —pienso—. Está hermosa… como siempre, como hace tantos años, los rulos
le caen sobre el hombro derecho, atino a acariciárselos, pero no llego. Nos miramos,
pero no nos decimos nada.
Ya recorrimos unos cuarenta kilómetros, el
crepúsculo ensombrece levemente toda la ruta, las sierras que al principio se
veían en lontananza, ahora desaparecen por completo, de repente quedamos absolutamente
solos en el medio de la oscuridad. El auto parece esforzarse más de lo común,
ruidos extraños provienen del motor, y un leve humo asciende desde él. Reduzco
la marcha y me detengo a la vera de la ruta, sobre la banquina. —Espérame acá—
le digo. —Se debe haber recalentado el motor—. Ella solo asiente, como si
confiera sobremanera en mí, para lo que sea.
Con cautela me acerco al capó del auto, y lo abro con un trapo sucio que
llevo siempre conmigo. Sin duda una perdida de agua hizo calentar por de mas el
motor, es necesario dejarlo enfriar unos minutos y verterle agua en el bidón
para que recobre su temperatura natural. Es lo único que se sobre motores, fueron
innumerables las veces que este tipo de falla me jugó una mala pasada. Busco en
la parte del baúl, y me doy cuenta que no llevo nada de agua, me la debo haber
olvidado.
El cielo se recubre de nubes, leves relámpagos confieren
instantes de luminosidad a la escena, no sé qué hacer, ella me sigue esperando
en el auto, todo se vuelve un tanto patético. Miro para las tranqueras
esperando que un buen samaritano me de una ayuda, le hago señas con mis brazos
en alto a un auto que pasa por la carretera, es en vano, solo me mira y se ríe
a carcajadas.
En frente, a varios metros de distancia, lo que
parece ser una camioneta, me encandila con sus luces de neón, ni siquiera
intento hacer señas, pero de repente observo que sus luces cambian de posición
de bajas a altas, de altas a bajas. Me ilusiono rápidamente, entiendo que el
mensaje va dirigido hacia mí, no hay dudas, es alguien que me quiere ayudar.
Corro hacia el auto, abro la puerta, enciendo el motor y cruzo de par en par la
ruta hacia la dirección donde se encuentra. Me bajo y a los gritos, como si
turbinas de avión se desprendieran de la camioneta, le cuento lo sucedido al
conductor.
—si quieren dejen el auto ahí— nos dice. —suban
a mi camioneta y vamos a buscar agua a mi casa, allí a lo lejos—.
Asiento con la mirada, le hago señas a ella y
subimos.
La camioneta, verde por fuera, tiene en su
interior unos tapizados color gris desvencijados por el tiempo, en el lugar del
estéreo solo hay un agujero con cables sueltos, como si su dueño lo hubiese
arrancado de un tirón. Miro hacia un costado, y por primera vez le observo el
rostro al conductor, robusto y tieso, como de aquellos hombres que no dudan de
lo que hacen, en el cuello parecía tener una cicatriz de herida de bala. Su
aspecto se acerca más al de un militar que al de un campesino. No digo nada,
solo observo el camino. A unos metros veo un bosque frondoso, y detrás, una luz
tenue que pareciera ser la de la casa del hombre, solitaria, como si fuese la única
casa en cientos de kilómetros. Empiezo a dudar sobre la conveniencia de haberme
subido a esta camioneta, agarro fuerte la mano de mi novia, que me mira que un
rostro alarmado.
—acá esta mi casa, llegamos, bájense—
—no, esperamos acá adentro, trae el bidón y
volvemos— le digo con voz temblorosa
—no es un pedido, es una orden—me dice,
mientras debajo de su asiento agarra una escopeta de dos cañones y la carga en
modo amenazante.
No tenía opción, estábamos a aproximadamente a
quinientos metros del auto que habíamos dejado atrás. Por más que gritemos,
nadie nos escucharía. Bajo solo, y le digo a ella que me espere dentro de la
camioneta. Me dirijo sigilosamente hacia la casa del hombre, siguiéndolo, de
repente me detengo… muy a lo lejos diviso un fuerte destello de luz, segundos
después… un ruido estruendoso. Son las explosiones de la dinamita en las
canteras, a cientos de metros de acá.
—Seguí caminando, carajo—. —Nunca escuchaste
una bomba en tu vida— Me dice en tono militar.
Sigo, mi cuerpo se estremece, mi ritmo cardiaco
aumenta abruptamente. Llegamos a la casa, es muy sencilla, de construcción de
ladrillo, pequeña, calculo que debe tener dos o tres habitación, no más, se ve muy
abandonada, sin puertas ni ventanas, a lo alto de la pared una marca redonda lo
distingue, como si en algún momento hubiese existido una especie de reloj o
brújula que completaba la fachada de la casa. Las paredes laterales, muy
endebles, están sostenidas por palos gruesos, que hacen de apoyo para evitar su
caída final. El lugar se me hace conocido, siento como un Déjà vu muy fuerte,
no uno común, sino uno que parece eterno.
El hombre me hace señas sin decirme nada, lo
sigo sin objeciones, como si en este momento una fuerza sobrehumana se hubiese
apoderado de él y no hubiese forma de contradecirlo. Me lleva hacia atrás de la
casa, un pozo enorme se encuentra allí, no entiendo que es lo que me quiere
mostrar, pero siento que mi fin se acerca, ¡al fin me voy a reencontrar con
ustedes! Escucho dos, o tres explosiones que vienen detrás mí, esta vez de
mucho más cerca, esta vez son de su escopeta. Abro los brazos y me dejo caer de
par en par, golpeo seco con el fondo de la fosa. Cientos de imágenes e ideas
pasan por mi mente, “Olavarría” “Monte Pelloni”, “Junta Militar”, ¡ya entiendo
en donde estoy! Miro hacia un costado, y allí estaban… los esqueletos de mi
novia, y de mi mama, dos agujeros marcan sus cráneos, por esa señal las reconozco
y las diferencio del resto, sus cuencos me miran fijamente, como queriéndome
decir algo, les digo cuanto las extraño y me quedo unos minutos reposando en
silencio, sus compañías me reconfortan, me permiten seguir adelante, al menos
por unos días. Luego me levanto, realizo un breve escalamiento hasta llegar a
la superficie, camino hasta el auto y lo enciendo… quizás el próximo domingo
las visite de nuevo.
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