miércoles, 21 de junio de 2023

Ni olvido ni perdón


Seudónimo: Sargento Cabral.

Autor: Manuel Molfesa.

 

Los domingos son esos días que el ocio y la nada se hacen presente.

—¿Qué tenés para hacer hoy domingo? —Me preguntan.

Nada le contesto yo. Lisa y llanamente nada…

Con solo imaginar esa respuesta se me eriza la piel, me causa estupor.  Es que, ¿se imaginan ustedes la vida sin hacer absolutamente nada? ¿sin todas estas ficciones que hemos creado los seres humanos? Los proyectos, los trabajos, los ascensos, todas esas metáforas. Pero bueno, yo soy de esos que se auto engañan, prefiero eso…

En fin… ¡no se ni porqué les hablo! ¡que van a saber ustedes de la vida!

¡Bum! ¡Bum! El ruido de la puerta me hace girar rápidamente.  

—¡Horacio! — Me dice mi mamá. —Deja de hablarles a las plantas, ¡no ves que ni ellas te escuchan! —Y sacate la mano de la barbilla, que tampoco sos Aristóteles—.

Sólo la miro por unos segundos e ingreso a mi casa. Aunque me molesten los gritos, a veces agradezco que me saque del ensimismamiento. No debo quedarme quieto, sino el marasmo me gana, y termino siendo todo lo que no quiero ser, una planta, un vegetal.

Agarro el teléfono y llamo a mi novia, ella vive en Azul a 70km de mi ciudad.

—En una hora estoy allá—, le digo. —Prepara el mate que nos vamos a conocer Sierras Bayas el pueblo de mi amiga—. —Si, mi amiga Belén, la que te conté la otra vez.       —Ves que siempre te olvidas lo que te cuento. —Si estuviese de novio con una inteligencia artificial esto no pasaría. — afirmé enfurecido.  

Tomo el manojo de llaves, y me subo a mi auto. Le tengo aprecio, hace un año se lo compré a una familia de gitanos, usado, color verde, modelo 2008, ni tan viejo ni tan nuevo. Es lo único que puedo decir de él, mi afición por los autos solo se limita a eso, a lo estético, a lo que lo recubre. Por lo demás, se que tiene un motor que lo hace funcionar, pero a veces me falla, como todos, pero a este ya lo arreglé, este si no me falla más…

La ansiedad me gana y pongo el auto a todo lo que da, ciento cuarenta kilómetros por hora que lo hacen tambalear. El viento del oeste empuja con fuerza al lateral derecho de la carrocería, sujeto fuerte el volante y piso fuerte el acelerador. Hace tiempo que deje de tenerle miedo a la muerte, como dice Epicuro «mientras vivimos, no existe la muerte, y cuando la muerte existe, nosotros ya no somos». Este mantra me sirve para todo tipo de situación, menos arriba de un avión, allí arriba no hay Estoico que me salve.

La ruta se presenta solitaria, la llanura se extiende infinitamente por sobre los cuatro puntos cardenales. El sol, que tibiamente comienza a ponerse, me nubla la vista, hasta casi volverme ciego... 

Mi novia ya se me acomoda en el asiento del conductor, me besa la mejilla suavemente y me abraza. Cierro los ojos, ¡que dichoso soy de tenerte a mi lado! Lo pienso, no se lo digo… rápidamente emprendemos la marcha hacia Sierras Bayas, la autopista ahora es más frecuentada, zigzagueo varios autos solo por diversión. Enciendo el estéreo y coloco un disco de Vox Dei, «La Biblia» sin dudas mi disco favorito, de fondo suena «Genesis», saco la vista del camino y la miro a ella, no me puedo enojar con vos —pienso—. Está hermosa… como siempre, como hace tantos años, los rulos le caen sobre el hombro derecho, atino a acariciárselos, pero no llego. Nos miramos, pero no nos decimos nada.

Ya recorrimos unos cuarenta kilómetros, el crepúsculo ensombrece levemente toda la ruta, las sierras que al principio se veían en lontananza, ahora desaparecen por completo, de repente quedamos absolutamente solos en el medio de la oscuridad. El auto parece esforzarse más de lo común, ruidos extraños provienen del motor, y un leve humo asciende desde él. Reduzco la marcha y me detengo a la vera de la ruta, sobre la banquina. —Espérame acá— le digo. —Se debe haber recalentado el motor—. Ella solo asiente, como si confiera sobremanera en mí, para lo que sea.  Con cautela me acerco al capó del auto, y lo abro con un trapo sucio que llevo siempre conmigo. Sin duda una perdida de agua hizo calentar por de mas el motor, es necesario dejarlo enfriar unos minutos y verterle agua en el bidón para que recobre su temperatura natural. Es lo único que se sobre motores, fueron innumerables las veces que este tipo de falla me jugó una mala pasada. Busco en la parte del baúl, y me doy cuenta que no llevo nada de agua, me la debo haber olvidado.

El cielo se recubre de nubes, leves relámpagos confieren instantes de luminosidad a la escena, no sé qué hacer, ella me sigue esperando en el auto, todo se vuelve un tanto patético. Miro para las tranqueras esperando que un buen samaritano me de una ayuda, le hago señas con mis brazos en alto a un auto que pasa por la carretera, es en vano, solo me mira y se ríe a carcajadas. 

En frente, a varios metros de distancia, lo que parece ser una camioneta, me encandila con sus luces de neón, ni siquiera intento hacer señas, pero de repente observo que sus luces cambian de posición de bajas a altas, de altas a bajas. Me ilusiono rápidamente, entiendo que el mensaje va dirigido hacia mí, no hay dudas, es alguien que me quiere ayudar. Corro hacia el auto, abro la puerta, enciendo el motor y cruzo de par en par la ruta hacia la dirección donde se encuentra. Me bajo y a los gritos, como si turbinas de avión se desprendieran de la camioneta, le cuento lo sucedido al conductor.

—si quieren dejen el auto ahí— nos dice. —suban a mi camioneta y vamos a buscar agua a mi casa, allí a lo lejos—.

Asiento con la mirada, le hago señas a ella y subimos.

La camioneta, verde por fuera, tiene en su interior unos tapizados color gris desvencijados por el tiempo, en el lugar del estéreo solo hay un agujero con cables sueltos, como si su dueño lo hubiese arrancado de un tirón. Miro hacia un costado, y por primera vez le observo el rostro al conductor, robusto y tieso, como de aquellos hombres que no dudan de lo que hacen, en el cuello parecía tener una cicatriz de herida de bala. Su aspecto se acerca más al de un militar que al de un campesino. No digo nada, solo observo el camino. A unos metros veo un bosque frondoso, y detrás, una luz tenue que pareciera ser la de la casa del hombre, solitaria, como si fuese la única casa en cientos de kilómetros. Empiezo a dudar sobre la conveniencia de haberme subido a esta camioneta, agarro fuerte la mano de mi novia, que me mira que un rostro alarmado.

—acá esta mi casa, llegamos, bájense—

—no, esperamos acá adentro, trae el bidón y volvemos— le digo con voz temblorosa

—no es un pedido, es una orden—me dice, mientras debajo de su asiento agarra una escopeta de dos cañones y la carga en modo amenazante.

No tenía opción, estábamos a aproximadamente a quinientos metros del auto que habíamos dejado atrás. Por más que gritemos, nadie nos escucharía. Bajo solo, y le digo a ella que me espere dentro de la camioneta. Me dirijo sigilosamente hacia la casa del hombre, siguiéndolo, de repente me detengo… muy a lo lejos diviso un fuerte destello de luz, segundos después… un ruido estruendoso. Son las explosiones de la dinamita en las canteras, a cientos de metros de acá.

—Seguí caminando, carajo—. —Nunca escuchaste una bomba en tu vida— Me dice en tono militar.

Sigo, mi cuerpo se estremece, mi ritmo cardiaco aumenta abruptamente. Llegamos a la casa, es muy sencilla, de construcción de ladrillo, pequeña, calculo que debe tener dos o tres habitación, no más, se ve muy abandonada, sin puertas ni ventanas, a lo alto de la pared una marca redonda lo distingue, como si en algún momento hubiese existido una especie de reloj o brújula que completaba la fachada de la casa. Las paredes laterales, muy endebles, están sostenidas por palos gruesos, que hacen de apoyo para evitar su caída final. El lugar se me hace conocido, siento como un Déjà vu muy fuerte, no uno común, sino uno que parece eterno.

El hombre me hace señas sin decirme nada, lo sigo sin objeciones, como si en este momento una fuerza sobrehumana se hubiese apoderado de él y no hubiese forma de contradecirlo. Me lleva hacia atrás de la casa, un pozo enorme se encuentra allí, no entiendo que es lo que me quiere mostrar, pero siento que mi fin se acerca, ¡al fin me voy a reencontrar con ustedes! Escucho dos, o tres explosiones que vienen detrás mí, esta vez de mucho más cerca, esta vez son de su escopeta. Abro los brazos y me dejo caer de par en par, golpeo seco con el fondo de la fosa. Cientos de imágenes e ideas pasan por mi mente, “Olavarría” “Monte Pelloni”, “Junta Militar”, ¡ya entiendo en donde estoy! Miro hacia un costado, y allí estaban… los esqueletos de mi novia, y de mi mama, dos agujeros marcan sus cráneos, por esa señal las reconozco y las diferencio del resto, sus cuencos me miran fijamente, como queriéndome decir algo, les digo cuanto las extraño y me quedo unos minutos reposando en silencio, sus compañías me reconfortan, me permiten seguir adelante, al menos por unos días. Luego me levanto, realizo un breve escalamiento hasta llegar a la superficie, camino hasta el auto y lo enciendo… quizás el próximo domingo las visite de nuevo.


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