viernes, 21 de julio de 2023

Ausente


Seudónimo: Hélène.

Autora: Micaela Maza.

 

 

—Veintidós globos con animalitos— pidió Celeste, mientras le acercaba un Peso Argentino a Don Camilo. Hacía poco más de dos meses que había cambiado la moneda en Argentina y ella aún no se acostumbraba a calcular la diferencia, por eso siempre compraba en los mismos almacenes, aquellos cuyos dueños no resoplaban al verla ir agregando y quitando dedos a sus cálculos mentales.  

Organizar fiestas de cumpleaños siempre le había gustado, — adornar la casa con guirnaldas de colores, conseguir el cotillón, planear la decoración de la torta— pero esta vez era aún más especial. Hacía menos de un año que se habían mudado a ese barrio, Ana estaba en una nueva escuela, tenía nuevos amigos y Celeste quería causar una buena impresión en sus madres.  

— ­­­¡Ana, quedate quieta querés! ¡Qué no te puedo hacer bien el moño, che!

 Ana está sentada sobre la mesa del comedor. Balancea sus piernas. Está ansiosa por recibir a los invitados. Suena el timbre y la niña estira su cuello intentando ver por sobre algunas cabezas adultas que ya circulan por la casa. — Ya está— le dice su madre, Celeste, mientras la toma por debajo de los brazos y la apoya sobre el suelo. — Andá a recibir a tus amigos— sacude su vestido con ambas manos y ella corre hacia la puerta de entrada.

La casa es un revoltijo de niños que corren y adultos que fuman y beben, hasta el mago decide dar una última pitada antes de convocar a todos a la sala. — ¿Entonces, dónde está la cumpleañera?— el mago simula no ver a Ana, quien con su gran bonete de cumpleaños se para junto a él. — ¡Ahí, ahí está!—  a coro los niños gritan y la señalan. — ¿Dónde?— el mago se coloca los dedos sobre los ojos fingiendo mirar con binoculares. Los niños estallan de risa. Celeste agarra su cámara fotográfica y aprieta el obturador, pero la foto no sale. — ¡Puta madre!— maldice por lo bajo, mientras se acomoda el cigarro en la comisura izquierda de su labio. Apoya la cámara sobre la mesa y sube a la habitación a buscar un rollo. En el pasillo de la planta alta, a la distancia, ve la silueta de un niño que camina de manera errática. — ¡Ey! vení que te vas a perder al mago— exclama Celeste, pero el niño no le responde y continúa caminando. Desde la planta baja se oye que la llaman:

— ¿Dónde está Celeste? Celeste, hay que cortar la torta…

Celeste mirando hacia las escaleras.

— ¡Ya bajo, subí a buscar el rollo de la cámara! ¡Ahora preparo todo!

Al volver la vista al pasillo, el niño ya no estaba. Recorre con la mirada el pasillo, las escaleras, las habitaciones. Nada.

   ¡Mamáaaaa, máaaaa! ¿Dónde está la piñata?

— ¡Espera Ana, ya voy!

Celeste está un poco confundida porque no ve al niño, pero con tantos chicos dando vueltas se convence de que quizás lo imaginó. Baja.

   ¡Llegaste!

Le dice Celeste a su marido, mientras lo abraza y lo besa en la mejilla.

   ¡Pobre mi hijo! ¡Trabaja demasiado!

Exclama Doña Elisa.

— Voy a colgar la piñata, así después Anita sopla las velas. Ernesto vos agarra los platitos, esos que deje sobre la mesada, también las servilletas, los tenedores. ¡Ah, y la Fanta de la heladera, tiene que haber cuatro o cinco!

— ¡Ay Celeste, pero si recién acaba de llegar! ¡Pobre hombre!

Comenta Doña Elisa y apura su paso para hacer todo lo que se le había encomendado a Ernesto. Celeste mira a Ernesto y resopla con gesto de desaprobación.

— ¡Pero dejá mamá! No estoy para nada cansado. Si querés, ayudame trayendo las servilletas.

Manos repletas de caramelos, juguetes de colores y cabezas llenas de papel picado.

— ¡Parece que fue un éxito!

Le comenta Ernesto a Celeste, mientras sacude la cabeza de uno de los niños que pasa por al lado suyo. A lo lejos se escucha el sonido de un xilofón. Ernesto se detiene en ese intento de melodía que suena cada vez más fuerte a medida que se acerca a las escaleras.

— Ernesto, no vist…

Ernesto da un sobresalto.

– ¿Qué pasó?

Le pregunta Celeste.

— Nada, nada… ¿Hay alguien arriba?

— No que yo sepa. ¿Por?

— Porque me parec…

Doña Elisa interrumpe la conversación. Las cinco velas se encienden, las luces se apagan y el «Feliz cumpleaños» suena al unísono.

Entran los primeros rayos de sol por la ventana de la cocina. Celeste bate una taza de café instantáneo. Contempla los resultados de una exitosa fiesta de cumpleaños— bebidas derramadas sobre la mesa, envoltorios de caramelos, colillas de cigarrillos— además del piso cubierto por una mezcla de papel picado, grana color verde y coco rallado. En la radio anuncian el pronóstico para el fin de semana. Suena el timbre. «Interrumpimos la programación habitual, para informar que en estos momentos se está produciendo una marcha en la inmediaciones de Plaza de Mayo, madr…» Ernesto apaga la radio.

— ¡Celeste! ¿No escuchaste el timbre

Celeste niega con la cabeza. Entre dormida y perdida en el desorden, toma un sorbo de café. Por lo bajo y a lo lejos suena un xilofón. «Ana ni bien se despertó, se puso a jugar con sus regalos» pensó Celeste. Apoya la taza sobre la mesa y sube a la habitación. El xilofón suena cada vez más fuerte, pero al llegar a la puerta del cuarto, el sonido se detiene. —¡Te agarré!— exclama Celeste abriendo la puerta. El cuarto está en silencio. Ana duerme. Un escalofríos recorre su cuerpo. Siente cómo se le va erizando la piel desde la nuca hasta entumecer sus pies. De pronto todos los sonidos del entorno desaparecen, el cuarto se oscurece. Un niño de unos cinco años está parado de espaldas frente a ella. Su cabello es castaño y suave. En una de sus manos lleva algo parecido a una manta, aunque más bien parece un trapo, está sucia y gastada por el uso y el tiempo. Se escucha que el niño tararea una canción. El ambiente es calmo, liviano, él mueve sus dedos al son de la melodía. Celeste lo toma del hombro y lo hace girar. Asustada quita la mano. El niño no tiene rostro. Suena nuevamente el xilofón, su melodía va disminuyendo hasta desaparecer.

   ¡Celeste! ¡¿Celeste, estás bien?!

Celeste está tirada sobre el piso, su espalda apoyada sobre la puerta del cuarto de Ana. Toca su cabeza y asiente mirando hacia Ernesto. Entiende que sólo fue una baja de presión.

«Interrumpimos la programación habitual, para informar que en estos momentos se está produciendo una marcha en la inmediaciones de Plaza de Mayo, madres y abuelas se movilizan para pedir por la aparición de sus hijos y nietos…»


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