Seudónimo: Margarita.
Autora: Micaela Maza.
Es una típica noche de verano. El ventilador de Juan no logra abastecer a su diminuto departamento. Acostado sobre dos sillas y abanicándose con una vieja revista Semanario, Juan se imagina pidiéndole a Rita, su jefa, algo que jamás pensó iba a necesitar. —¡Nooooo! —grita Juan, mientras deja caer la revista sobre su cara. Un abrupto, pero típico corte de luz para esta época, lo saca de su plano mental. La oscuridad no lo inquieta, ni lo obliga a levantarse, entiende que cualquier mínimo movimiento elevaría su temperatura corporal y los 37 grados que azotan la Ciudad de Buenos Aires acabarían con la poca calma que aún conserva. Sin embargo, no imagina que algo no tan típico estaba a punto de sucederle. Una baja de tensión y la habitación queda iluminada con una extraña y tenue luz verde. Juan da un salto de las sillas abandonando su estado de reposo. —Okey, okey… Esto no creo que esté bien. —El trinar de una parvada de pájaros desvía su atención. El sonido se hace cada vez más estridente. La luz comienza a ser intermitente hasta apagarse por completo. En la oscuridad absoluta Juan tantea con manos y pies algo de qué agarrarse. Manotea un objeto de forma cilíndrica, abultado, húmedo, «vivo». — ¡Violeta! —se abraza a una maceta con todas sus fuerzas. A lo lejos suena un toque de campana. El silencio ahora es absoluto. Segundo toque de campana. El cielo se ilumina por completo, la noche se convierte en día. —La puta madreeeee… —Juan se arrastra por el piso y logra arrinconarse junto al resto de sus plantas. Tercer toque. —¡Y ahora quééééé!.. —Juan se aplasta contra la pared y esconde su cara tras las hojas de su Spathiphyllum. Un inquietante murmullo in crescendo desplaza aquel silencioso escenario hasta convertirse en un ruido ensordecedor. El inicio de lo que promete ser un fuerte viento, eleva lentamente las cortinas hasta arrancarlas de las ventanas y hacerlas desaparecer desde aquel balcón del octavo piso de la calle O´Higgins.
Juan yace en el piso. Su cuerpo desprende unos pequeños espirales lumínicos que ascienden lentamente y se pierden en el espacio.
Es un típico lunes en la mañana, el sol brilla en lo alto, el cielo está despejado, y el barullo de la ciudad marca el inicio de las actividades laborales. En el barrio, conversaciones coloquiales surgen a causa de dramas cotidianos.
—Y sí… además me lo impone «tenés que darme un hijo» no me pregunta cuál es mi deseo. En realidad no me pregunta nada. Se habla y se contesta solo. ¿Me estás escuchando Elvira? ¡¿Qué me vas a estar escuchando vos?! —Perla resopla.
—¡Pero claro que sí! Sólo me estoy acomodando, pero te escucho, te escucho, seguí…
Elvira se gira más de frente al sol.
—Eso… no soy una máquina. A mí me tienen que atender. Mirá Elvira, vos sabés que no soy exigente, con poquito nomás me arreglo… pero necesito ser escuchada, no pido demasiado…
Perla busca con la mirada la complicidad de Elvira. Elvira asiente de manera complaciente.
—Y sí, lógico… coincido absolutamente, te apoyo en todo lo que decís. Una les hace la vida fácil… y ellos se acostumbran, hasta que se olvidan de nuestras necesidades. —Elvira vuelve su mirada hacia sol.
Perla Continúa. —La otra vez lo escuche hablando de mí con sus amigos. Ellos no entienden bien la relación que tenemos, creen que es poco convencional… y la verdad un poco de razón tienen. Lo nuestro es como el «poliamor»
Elvira ríe.
—Es que sí… vos reíte. Yo sé igual que soy su preferida. A todos les habla de mis cualidades, que soy simple, que se escuchar, que no causo problemas, que me adapto… ¿Eso está bien o no? —Sin pausar su soliloquio Perla continúa— ¿O no será esa la causa de su falta de atención estos últimos días? Quizás él cree que me tiene segura. Claro… yo tan independiente, tan del siglo veintiuno. —Perla mira al horizonte. Piensa.
—Vos no te enojes Perlita… pero te tengo que contar algo. Yo también lo escuche hablando con uno de sus amigos. Justo había salido al balcón, viste que a mí me gusta mucho mirar el ocaso, me pone melancólica y muchas veces pierdo la cordura, pero…
Perla interrumpe impaciente.
—Dale Elvira… No me tengas en ascuas ¿Qué fue lo que Juan dijo?
—Sí, sí… perdón Perlita. Ahí mismo fue donde lo dijo. Vos sabés que puede que haya escuchado mal…
—Elvira… ¡Habla!
—Que la Cinta le gustaba más.
Perla pierde la estabilidad.
—¿Cintia?
—Sí Perlita, Cinta.
—¡Pero ella tiene un millón de hijos! —Perla reflexiona— Claaaro, por eso me dice a mí que le de más hijos. ¡Quiere que sea como ella!
Elvira asiente complacientemente.
—Vos no te dejes Perlita, si no querés, le decís que no. No es no, como dicen estas chicas. Además de ésta Cinta dicen que es una mala madre. ¡Imaginate! —Elvira reflexiona y continúa— Igual pobre, con tantos críos, tampoco hay cuerpo que aguante… Aunque parece que son bastante independientes, nunca se los ve cerca de la madre… Ella está en pareja igual… al menos eso dicen… Con el Jorge. La que no la quiere para nada es su suegra…y viste…lengua de suegra no se equivoca. Vos no te preocupes Perlita…
Perla piensa.
—¿Sabés qué? Le voy hacer pegar el susto de su vida… a ver si con eso aprende a valorarme. ¡Qué se piensa! ¿Qué me puede reemplazar así nomás?... No, no… Todo tiene un límite… años soportando que trajera a las otras a este hogar, ¡Hasta amiga me hice de algunas!
—¡Ay Perlita! ¿Qué vas hacer? Vos sabés que soy tu amiga incondicional, pero soy mayor ya… ¡Quién sabe cuánto tiempo me quede de vida! … Y con todo esto del calentamiento global, la deforestación, el cambio climático, y toda esta cosa rara que pasó la otra vez… No tuvimos tiempo ni de hablarlo nosotras…pero yo te quería pedir disculpas, él estaba asustado, yo estaba…
—Sí, sí… Escuchame Elvira. —Perla interrumpe—. Vamos a simular mi muerte. — Perla sonríe.
—¿¡Qué!? ¡Ay, no, no… vos estás loca Perla! ¿Y si algo sale mal? ¿Y si se te va la mano y quedás seca? No, no…
—Tranquila Elvirita, amiga… compañera de aventuras… ¡Qué digo compañera… hermana! Vos te vas a encargar de que eso no me pase.
—¡¿Qué?! ¿Y si me sale mal y te mato? —Elvira entra pánico.
—¡Pero no! Es muy fácil… Además está en tú naturaleza «Lirio de la paz» Nada puede fallar, está escrito. Ésta misión es para restituir la paz entre Juan y yo — Perla Sonríe.
—O soy la que te va a llevar a la infinita paz… el mensaje es confuso Perla… ¿Al menos podés ver eso?
—Sí, sí… es un riesgo… Mirá, el plan es este…
La puerta del departamento se abre. Perla se asusta y cae de la ventana. Juan horrorizado se apura a socorrerla, su boca se mueve, grita, pero ningún sonido sale, típico de Juan. Baja corriendo los ocho pisos que lo separan de la planta baja. Se acerca, acaricia las hojas de su Epipremnum aureum, recoge la tierra y le prepara una nueva maceta, de esas grandes y de colores como le gustan a Perla. Perla mira a Elvira, le guiña un ojo y sonríe. Elvira agradece no tener que ser ella quien mate a su amiga.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario