miércoles, 21 de junio de 2023

Si nadie te ve

 

Seudónimo: M.M Pohl.

Autora: Micaela Maza.

 

Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros.

JEAN-PAUL SARTRE

 

Una mujer camina rumbo a la estación de subte, mira su reloj y apura el paso, teme no llegar a tiempo al encuentro de su amado. Mientras más se aproxima, más se aceleran los latidos de su corazón, corre; ansía llegar al andén antes del último llamado del guarda. Centra su mirada a la distancia, intenta no perder el objetivo. Cae durante los veintitrés escalones que la separan del vagón. «Sus pies se confundieron», comenta una señora junto a ella, mientras limpia los restos de sangre y mugre de su tapado beige.

Desde chica suelo inventar historias, creo mundos paralelos, dibujo cosas que no existen, imagino respuestas que no digo, y todo culmina con finales trágicos.

Hoy es lunes 10 de Julio, eterno invierno, hace frío, con el puño de mi sweater limpio la humedad de la ventana, me asomo, todo indicaría que esta vez el pronóstico no va a fallar «lluvias, fuertes vientos y posible caída de granizo». 21:27, necesito estar en mi casa, agarro mis cosas, hago un saludo en general con la mano y en silencio, salgo.

Un fuerte estruendo y se ilumina el cielo, la rama de un octogenario árbol se quiebra y cae, y en su estrepitosa caída corta un cable del tendido eléctrico, sin poder sortear aquellos latigazos me desplomo sobre el suelo mojado. Pero no, ni lo escribo ni sucede.

La idea de sacar el paraguas me parece estúpida, con tanto viento y a oscuras, llegar a casa mojada sería lo de menos. Estoy a unas pocas cuadras y las luces de los autos iluminan de tanto en tanto las calles, así que en vez de preocuparme por mis «pies confundidos», imagino mi próxima historia, el contexto es propicio, siempre quise escribir acerca eventos fantásticos en noches de tormentas. Busco las llaves dentro de la mochila, tanteo la cerradura y abro.

- ¡Ulises!... ¡Ulises!.. ¿Estás?

Tiro la mochila al suelo, enciendo la linterna del celular y comienzo a iluminar los rincones de la casa.

            -¡Ulises!..Vení chiquito…

«Un fuerte estruendo y se ilumina el cielo» llueve con más intensidad, abro la ventana.

             -¡Ulises!... ¡Vení que te mojás!

Después de un rato, cierro la ventana. Ulises está afuera con esta tormenta, lluvia, truenos, rayos, viento y quien sabe qué más, está afuera. Aplasto mi cara contra el vidrio e intento ver algo en la oscuridad, nada. La casa está en silencio, de pronto recuerdo el miedo que se siente en la incertidumbre; revuelvo unas cosas en el cajón del escritorio y encuentro el cargador portátil del celular, mi batería se está agotando y la idea de estar a oscuras me perturba un poco, «restos de sangre y mugre»; cuando me incorporo siento cómo algo se desliza por mi cara, me sobresalto y sacudo, me rio, recuerdo que estoy toda mojada, gotas de agua se deslizan por mi cara y pelo; alumbro hacia el pasillo y subo al cuarto a cambiarme. ¿Cuánto es prudente esperar antes de llorar?  

A Ulises lo trajimos del campo, desde aquel día, sale explora y vuelve, se va y vuelve el mismo día. No me voy a acostumbrar a que no esté. El viento sopla con más fuerza, los vidrios retumban y las alarmas de los autos comienzan a sonar «La rama de un octogenario árbol se quiebra y cae», bajo corriendo las escaleras.

- ¡Ulises!

A mitad del recorrido de la escalera, regresa la luz. «Cae durante los veintitrés escalones que la separan del vagón»

- ¡Ulises, vení, dale!

Mientras camino abro todas las ventana, si viene asustado, que entre corriendo. Un extraño olor a café lleva mi atención hacia la cocina. La luz está prendida, una niña de unos ocho años, de pelo oscuro, vestida con un tapado verde, está sentada junto a la mesa; está silencio, tiene la vista puesta en las flores lilas del mantel, con sus dedos las recorre, juega con sus manos. Asustada dejo caer mi teléfono al suelo. Lo recojo. Con la mirada recorro la cocina, está sola, nadie prepara café.

- ¿Vos quién sos?

Ella gira hacia mí. Veo sus grandes ojos marrones.

- Estoy esperando.

- ¿Viniste con Ramiro? ¿No llegaron a buscarte después de clase?

- Mi tía Alicia me pidió que esperara acá. Ya me voy. 

Me acerco, no siento miedo, es curiosidad. Le acaricio la cabeza, su cabello desprendía un extraordinario olor a fresas.

-Me dijo que no llorara, que a la gente no le gusta las nenas que lloran. A mi papá tampoco le gusta que llore, una vez me advirtió que si lo hacía de nuevo se iba a ir, lejos. Mi tía dice que si él quisiera se podría volver a casar, que me tengo que portar bien, porque mi nueva mamá podría ser mala. Yo sólo no tenía que llorar, tenía que hacer la tarea, tenía que comer toda la comida, tenía que ser buena, tenía que sonreír.

Su relato se interrumpe, Ulises entra por la ventana, me apresuro a su encuentro, lo abrazo, lo aprieto, le agradezco que haya vuelto. Vuelvo la mirada hacia a la niña:

- Vos no…

La niña es una joven de unos quince años aproximadamente, continúa:

- Hice todo lo que me dijeron, sólo que no puedo sonreír, no siempre. A veces él se enoja y se va, a veces no vuelve.

La joven cesa en su relato. La casa está en silencio. Nunca hay silencio en el silencio, pienso. Recuerdo que de chica me enojaba con mi papá porque no paraba de hablar antes de acostarse y yo no me podía concentrar en mí rezo, tenía que poner en oración, nombrar a cada miembro de mi familia, incluyendo tías y abuelos, o algo malo les sucedería, Dios me castigaría, seguro alguien más moriría.

El sonido de las llaves desvían mi atención. No sé si han pasado unas horas o toda una noche. Camino hacia la puerta de entrada. Ramiro entra con un montón de carpetas y una bolsa de la rotisería, me besa, deja sus zapatos en la entrada y calza sus pantuflas. Lo abrazo. Ambos entramos a la cocina, no me sorprende ver que está deshabitada.

«Sin poder sortear aquellos latigazos, me desplomo sobre el suelo mojado».


Saludos


Seudónimo: Fran.

Autora: Agustina Destéfano.

 

   Miro de refilón y estiro el brazo para cazar el mate que me ofrece mi hermano. En la virola de acero se refleja el primer asomo dorado del amanecer. Cruje el barro helado bajo la marcha lenta de la camioneta, mientras una S10 blanca se acerca de frente, así que levanto la mano y saludo al paisano desconocido, que a la vez me devuelve el gesto. Menester cuando se transitan estos caminos. El vapor me toca la cara y sonrio.

    Más adelante paro la camioneta. Cambiamos lugares y le cedo el volante, de a poco voy a aprender a manejar en el barro. 

     Llegamos al cartel de La Pofia y me bajo a abrir la tranquera. El rocío cubre el pasto, es una mañana de niebla. Noto que el encargado ya debe haber llegado, la entrada está sin llave. Me alegro, ya que cierra con un candado viejo, difícil de abrir. 

     Pienso en la tormenta del día anterior mientras nos acercamos al apiario. Nos ponemos los trajes sin apuro, en esta época las abejas ya casi no vuelan fuera del nido. Solo un techo de una colmena se voló, que encuentro unos metros más adelante, al lado de dos hongos grandes y pálidos. La sacamos barata, pienso mientras me agacho a levantar el cuadrado de chapa. Lo inspecciono, no está roto. Bajo la vista y me doy cuenta que hay más hongos, en fila, formando una suerte de ronda dentro de la que estoy parada. No me puedo acordar si la superstición es que hay que entrar en esos círculos o evitarlo. 

    La jornada me resulta amena. Primero acomodamos los eléctricos y cubrimos con tablitas las piqueras de las colmenas, preparándolas para la próxima ola de frío.                                Mientras, el día avanza, tarea a tarea.                                                                                                                                               

     Me saco los guantes y me pregunto si puse algo para merendar en la matera. Me acuerdo que no. No teníamos planeado estar en el campo toda la tarde. Después de cargar las herramientas me cercioro de no olvidar nada, y me siento un ratito en caja abierta de la camioneta. Nico se sienta junto a mí y el  vehículo se baja con el peso del cansancio. Estamos en ese momento de la tardecita en que miles de pájaros  empiezan a buscar abrigo volando en círculos sobre el monte. Con las manos en los bolsillos, vemos como rondan las copas de los eucaliptos. Noto que ya me puedo ver el aliento y señalo la tranquera con la cabeza, él asiente. Es hora de volver.

   -Habría que cambiarle los focos, me dice cuando prende las luces amarillas, suavecitas, de la Peugeot. -La verdad que sí, le respondo mientras encaramos el caminito que nos lleva a la tranquera. Le indico que ponga la luz alta y me responde que en efecto la luz alta es esa. Del tablero agarro la llave del candado y me bajo rápido a abrir la tranquera. Siempre reniego con ese candado viejo. Pongo una rodilla en la tierra para afirmarme y hago fuerza con la llave, la única manera de girar el engranaje reseco.

   -¡Veni! me grita, pero no alcanzo a pararme que siento cosas que me chocan el cuerpo, y escucho los aleteos desesperados de miles de pájaros negros que me golpean, como si estuvieran buscando refugio. Me abrazo al palo que ata la tranquera con una mano, y con la otra me tapo la cabeza. Son miles, no me puedo mover. Pero no alcanzo a terminar de putear que la bandada gigante se aleja, tan rápido como apareció. Me incorporo y busco la mirada de Nico, perpleja, pero él, desde el asiento del conductor, ni me mira. Lo veo pálido, serio, mientras levanta la mano del volante y asiente, saludando a alguien detrás de mí. Giro la cabeza y lo veo, del otro lado de la tranquera. 

    Lo primero que encuentro con la vista, desde mi posición, son las patas larguísimas del caballo negro, sobre las que encuentra eso. Cubierto el cuerpo con un poncho enorme, solo puedo ver en los estribos lo que parece la pezuña del jinete. No puedo dejar de levantar la vista mientras me lleno de sudor frio, hasta verlo entero. Encapuchado, la mano que sostiene las riendas es de dedos largos y uñas negras. Mi vista se encuentra con sus cuencas vacías, y siento su mirada, aunque no tenga ojos. Siento que tengo un grito en la garganta, pero no me sale. No sé por qué, pero sin romperle la mirada levanto una mano y se la muestro, mientras asiento acompañando el saludo. El jinete saca la otra mano de los pliegues del poncho y me devuelve el gesto. Helada en mi lugar, lo veo avanzar, despacio, por el camino. Chifla y de la cuneta salen dos seres, sucios de tierra, parecidos a perros galgos, que lo siguen rengueando. 

    Cuando pude moverme corrí a la camioneta. Cerré con fuerza la puerta, le puse la traba. En silencio esperamos, escuchando los cascos del caballo en el camino, que retumban en un silencio raro.

  -¿Querés que abra, antes que sea más tarde?, me pregunta en voz baja. Lo miro y le respondo que no, ya voy. El candado se abre fácil, la tranquera cruje cuando la empujo. Los sonidos del campo reaparecieron, noto mientras paso la cadena, y cierro. 

    Viajamos en silencio, pasamos dos, tres chacras, hasta que propongo tomar unos mates. Tengo el cuerpo helado, y necesito algo, lo que sea, un poquito reconfortante. Prendo la luz de la cabina, y pongo despacio la yerba en el mate de madera. Todavía me tiemblan las manos. De frente se acerca una F100, y los dos saludamos al paisano  de boina negra, que nos devuelve el saludo a la vez.

     En silencio cebo el primer mate, y la virola de acero brilla, dorada, con el último asomo del atardecer.



Ni olvido ni perdón


Seudónimo: Sargento Cabral.

Autor: Manuel Molfesa.

 

Los domingos son esos días que el ocio y la nada se hacen presente.

—¿Qué tenés para hacer hoy domingo? —Me preguntan.

Nada le contesto yo. Lisa y llanamente nada…

Con solo imaginar esa respuesta se me eriza la piel, me causa estupor.  Es que, ¿se imaginan ustedes la vida sin hacer absolutamente nada? ¿sin todas estas ficciones que hemos creado los seres humanos? Los proyectos, los trabajos, los ascensos, todas esas metáforas. Pero bueno, yo soy de esos que se auto engañan, prefiero eso…

En fin… ¡no se ni porqué les hablo! ¡que van a saber ustedes de la vida!

¡Bum! ¡Bum! El ruido de la puerta me hace girar rápidamente.  

—¡Horacio! — Me dice mi mamá. —Deja de hablarles a las plantas, ¡no ves que ni ellas te escuchan! —Y sacate la mano de la barbilla, que tampoco sos Aristóteles—.

Sólo la miro por unos segundos e ingreso a mi casa. Aunque me molesten los gritos, a veces agradezco que me saque del ensimismamiento. No debo quedarme quieto, sino el marasmo me gana, y termino siendo todo lo que no quiero ser, una planta, un vegetal.

Agarro el teléfono y llamo a mi novia, ella vive en Azul a 70km de mi ciudad.

—En una hora estoy allá—, le digo. —Prepara el mate que nos vamos a conocer Sierras Bayas el pueblo de mi amiga—. —Si, mi amiga Belén, la que te conté la otra vez.       —Ves que siempre te olvidas lo que te cuento. —Si estuviese de novio con una inteligencia artificial esto no pasaría. — afirmé enfurecido.  

Tomo el manojo de llaves, y me subo a mi auto. Le tengo aprecio, hace un año se lo compré a una familia de gitanos, usado, color verde, modelo 2008, ni tan viejo ni tan nuevo. Es lo único que puedo decir de él, mi afición por los autos solo se limita a eso, a lo estético, a lo que lo recubre. Por lo demás, se que tiene un motor que lo hace funcionar, pero a veces me falla, como todos, pero a este ya lo arreglé, este si no me falla más…

La ansiedad me gana y pongo el auto a todo lo que da, ciento cuarenta kilómetros por hora que lo hacen tambalear. El viento del oeste empuja con fuerza al lateral derecho de la carrocería, sujeto fuerte el volante y piso fuerte el acelerador. Hace tiempo que deje de tenerle miedo a la muerte, como dice Epicuro «mientras vivimos, no existe la muerte, y cuando la muerte existe, nosotros ya no somos». Este mantra me sirve para todo tipo de situación, menos arriba de un avión, allí arriba no hay Estoico que me salve.

La ruta se presenta solitaria, la llanura se extiende infinitamente por sobre los cuatro puntos cardenales. El sol, que tibiamente comienza a ponerse, me nubla la vista, hasta casi volverme ciego... 

Mi novia ya se me acomoda en el asiento del conductor, me besa la mejilla suavemente y me abraza. Cierro los ojos, ¡que dichoso soy de tenerte a mi lado! Lo pienso, no se lo digo… rápidamente emprendemos la marcha hacia Sierras Bayas, la autopista ahora es más frecuentada, zigzagueo varios autos solo por diversión. Enciendo el estéreo y coloco un disco de Vox Dei, «La Biblia» sin dudas mi disco favorito, de fondo suena «Genesis», saco la vista del camino y la miro a ella, no me puedo enojar con vos —pienso—. Está hermosa… como siempre, como hace tantos años, los rulos le caen sobre el hombro derecho, atino a acariciárselos, pero no llego. Nos miramos, pero no nos decimos nada.

Ya recorrimos unos cuarenta kilómetros, el crepúsculo ensombrece levemente toda la ruta, las sierras que al principio se veían en lontananza, ahora desaparecen por completo, de repente quedamos absolutamente solos en el medio de la oscuridad. El auto parece esforzarse más de lo común, ruidos extraños provienen del motor, y un leve humo asciende desde él. Reduzco la marcha y me detengo a la vera de la ruta, sobre la banquina. —Espérame acá— le digo. —Se debe haber recalentado el motor—. Ella solo asiente, como si confiera sobremanera en mí, para lo que sea.  Con cautela me acerco al capó del auto, y lo abro con un trapo sucio que llevo siempre conmigo. Sin duda una perdida de agua hizo calentar por de mas el motor, es necesario dejarlo enfriar unos minutos y verterle agua en el bidón para que recobre su temperatura natural. Es lo único que se sobre motores, fueron innumerables las veces que este tipo de falla me jugó una mala pasada. Busco en la parte del baúl, y me doy cuenta que no llevo nada de agua, me la debo haber olvidado.

El cielo se recubre de nubes, leves relámpagos confieren instantes de luminosidad a la escena, no sé qué hacer, ella me sigue esperando en el auto, todo se vuelve un tanto patético. Miro para las tranqueras esperando que un buen samaritano me de una ayuda, le hago señas con mis brazos en alto a un auto que pasa por la carretera, es en vano, solo me mira y se ríe a carcajadas. 

En frente, a varios metros de distancia, lo que parece ser una camioneta, me encandila con sus luces de neón, ni siquiera intento hacer señas, pero de repente observo que sus luces cambian de posición de bajas a altas, de altas a bajas. Me ilusiono rápidamente, entiendo que el mensaje va dirigido hacia mí, no hay dudas, es alguien que me quiere ayudar. Corro hacia el auto, abro la puerta, enciendo el motor y cruzo de par en par la ruta hacia la dirección donde se encuentra. Me bajo y a los gritos, como si turbinas de avión se desprendieran de la camioneta, le cuento lo sucedido al conductor.

—si quieren dejen el auto ahí— nos dice. —suban a mi camioneta y vamos a buscar agua a mi casa, allí a lo lejos—.

Asiento con la mirada, le hago señas a ella y subimos.

La camioneta, verde por fuera, tiene en su interior unos tapizados color gris desvencijados por el tiempo, en el lugar del estéreo solo hay un agujero con cables sueltos, como si su dueño lo hubiese arrancado de un tirón. Miro hacia un costado, y por primera vez le observo el rostro al conductor, robusto y tieso, como de aquellos hombres que no dudan de lo que hacen, en el cuello parecía tener una cicatriz de herida de bala. Su aspecto se acerca más al de un militar que al de un campesino. No digo nada, solo observo el camino. A unos metros veo un bosque frondoso, y detrás, una luz tenue que pareciera ser la de la casa del hombre, solitaria, como si fuese la única casa en cientos de kilómetros. Empiezo a dudar sobre la conveniencia de haberme subido a esta camioneta, agarro fuerte la mano de mi novia, que me mira que un rostro alarmado.

—acá esta mi casa, llegamos, bájense—

—no, esperamos acá adentro, trae el bidón y volvemos— le digo con voz temblorosa

—no es un pedido, es una orden—me dice, mientras debajo de su asiento agarra una escopeta de dos cañones y la carga en modo amenazante.

No tenía opción, estábamos a aproximadamente a quinientos metros del auto que habíamos dejado atrás. Por más que gritemos, nadie nos escucharía. Bajo solo, y le digo a ella que me espere dentro de la camioneta. Me dirijo sigilosamente hacia la casa del hombre, siguiéndolo, de repente me detengo… muy a lo lejos diviso un fuerte destello de luz, segundos después… un ruido estruendoso. Son las explosiones de la dinamita en las canteras, a cientos de metros de acá.

—Seguí caminando, carajo—. —Nunca escuchaste una bomba en tu vida— Me dice en tono militar.

Sigo, mi cuerpo se estremece, mi ritmo cardiaco aumenta abruptamente. Llegamos a la casa, es muy sencilla, de construcción de ladrillo, pequeña, calculo que debe tener dos o tres habitación, no más, se ve muy abandonada, sin puertas ni ventanas, a lo alto de la pared una marca redonda lo distingue, como si en algún momento hubiese existido una especie de reloj o brújula que completaba la fachada de la casa. Las paredes laterales, muy endebles, están sostenidas por palos gruesos, que hacen de apoyo para evitar su caída final. El lugar se me hace conocido, siento como un Déjà vu muy fuerte, no uno común, sino uno que parece eterno.

El hombre me hace señas sin decirme nada, lo sigo sin objeciones, como si en este momento una fuerza sobrehumana se hubiese apoderado de él y no hubiese forma de contradecirlo. Me lleva hacia atrás de la casa, un pozo enorme se encuentra allí, no entiendo que es lo que me quiere mostrar, pero siento que mi fin se acerca, ¡al fin me voy a reencontrar con ustedes! Escucho dos, o tres explosiones que vienen detrás mí, esta vez de mucho más cerca, esta vez son de su escopeta. Abro los brazos y me dejo caer de par en par, golpeo seco con el fondo de la fosa. Cientos de imágenes e ideas pasan por mi mente, “Olavarría” “Monte Pelloni”, “Junta Militar”, ¡ya entiendo en donde estoy! Miro hacia un costado, y allí estaban… los esqueletos de mi novia, y de mi mama, dos agujeros marcan sus cráneos, por esa señal las reconozco y las diferencio del resto, sus cuencos me miran fijamente, como queriéndome decir algo, les digo cuanto las extraño y me quedo unos minutos reposando en silencio, sus compañías me reconfortan, me permiten seguir adelante, al menos por unos días. Luego me levanto, realizo un breve escalamiento hasta llegar a la superficie, camino hasta el auto y lo enciendo… quizás el próximo domingo las visite de nuevo.